Lo cómodo de la vida misma.
Sé que estás ahí, porque estamos en silencio. Porque de maneras ciertamente tenues voy percibiendo tu respiración, tu aroma. Sé que estás sentado a mi lado, con la mirada perdida en el vacío. Yo estoy tremendamente quieta, porque sé que si me moviera un sólo centímetro caería irremediablemente en el vacío de tu deseo, completa esclava a tu merced. Le tengo miedo a la noche, a esos momentos en que el aire se vuelve terciopelo y te envuelve, y poco a poco te va asfixiando, hasta domarte. Hasta engullirte. Te vuelves víctima de la desgracia, porque poco a poco desapareces. Te disuelves en el silencio, y ¿qué ganas? ¿Libertad? No, si acaso unos tragos de whisky barato y los primeros síntomas de enfisema pulmonar. En este mundo ya no existe la libertad, y quien la busca se ve sobrecogido por el fracaso. Si he de ser sincera, me gusta el aire del amanecer, esa transición entre luz y sombra, ese juego de colores que tiñe al cielo primero de azul cobalto, luego de rosa tenue. Un nacim...