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Nunca pasa nada

En algún lugar perdido en la ciudad, no se sabe si cerca o si lejos, un muchacho se revuelca sobre una cama. Tardamos en descubrir que no se encuentra solo, hay una mujer con él. Si los ojos se acostumbran a la oscuridad se puede distinguir que es una muchacha muy joven, como él; nos ha costado darnos cuenta de que hay un hombre y una mujer pues ambos llevan el cabello largo: el de él castaño y el de ella pelirrojo. A él le llega hasta los hombros, a ella hasta la cintura. La luz de un automóvil que pasa por la calle nos deja ver los pechos de ella, apenas recién formados, pequeños pero firmes; es tan hermosa, tiene los ojos negros, los labios carnosos, es de piel aperlada. La piel del muchacho es pálida y fría a pesar del contacto con la ardiente piel de su acompañante que lo besa, lo abraza, trata de entregarle su pasión; él también besa a la joven pero lo hace por inercia, por un acto mecanizado: sabe que es un medio para llegar hasta el fin, hasta el secreto, la esencia de la vida ...