Nunca pasa nada

En algún lugar perdido en la ciudad, no se sabe si cerca o si lejos, un muchacho se revuelca sobre una cama. Tardamos en descubrir que no se encuentra solo, hay una mujer con él. Si los ojos se acostumbran a la oscuridad se puede distinguir que es una muchacha muy joven, como él; nos ha costado darnos cuenta de que hay un hombre y una mujer pues ambos llevan el cabello largo: el de él castaño y el de ella pelirrojo. A él le llega hasta los hombros, a ella hasta la cintura. La luz de un automóvil que pasa por la calle nos deja ver los pechos de ella, apenas recién formados, pequeños pero firmes; es tan hermosa, tiene los ojos negros, los labios carnosos, es de piel aperlada. La piel del muchacho es pálida y fría a pesar del contacto con la ardiente piel de su acompañante que lo besa, lo abraza, trata de entregarle su pasión; él también besa a la joven pero lo hace por inercia, por un acto mecanizado: sabe que es un medio para llegar hasta el fin, hasta el secreto, la esencia de la vida misma.



Siente el corazón de la mujer latir desbocado esperando el momento en que él la haga suya por completo. Se monta sobre ellla, ella siente el sexo de él, caliente y duro, acercarse y alejarse de la entrada más íntima de su cuerpo; lo toma del rostro mirándolo fijamente y pronuncia fuerte y claro su sentencia: "Penétrame".


"Nada sutil", piensa él, pero sabe que no hay tiempo que perder así que cumple su deseo: ella suelta un gemido de placer al sentirlo entrar, él la siente húmeda y cálida, como muchas otras mujeres a las que ha poseído antes. "Una tibia, sólo una tibia más". Empieza a moverse rítmicamente y ella abraza sus caderas con las piernas, moviéndose al compas de la sangre que fluye. Empieza la danza de los cuerpos: los dos jadean (en esos momentos la vida se puede escapar en un suspiro) y saben, porque siempre se sabe, que se acerca el momento de la explosión: el orgasmo.


El muchacho se acerca al cuello de la mujer y le susurra: "¿Qué es lo único de lo que te arrepientes en tu vida?". Ella desconcertada, pero sin dejar de moverse (ninguno lo hace), le contesta: "De nada. He vivido como he querido". "¿Estás segura?", insiste él, sabiendo que se acerca el momento. "Sí", dice ella.


Entonces él comienza a moverse más rápido y ella gime sin control, se deshace en su humedad. Casi se puede ver su corazón, tan cerca de él, separados sólo por piel y músculos; ella empieza a gemir más alto, él cierra los ojos y entonces... el silencio. Ella abre sus ojos al máximo, apenas si respira: él se ha pegado a su cuello, a su vena yugular, y le arranca la vida a sorbos bebiendo la sangre con gran deleite. Ella cierra los ojos, los dos han terminado. La cama ha quedido totalmente húmeda: de la mitad para abajo anegada por el agua sexual que brotó de ambos cuerpos; de la mitad para arriba manchada por la sangre que alimentó al hombre (si es que en realidad eso era un hombre). Sólo un corazón ha dejado de latir, sólo uno latía al entrar.


El joven se separa de ella y admira su obra, una muerta más que cargaría sobre sus hombros. Se sienta en la orilla de la cama y comienza a sollozar pero por más que lo intenta ninguna lágrima brota de sus ojos. Respira despacio, una y otra vez, hasta que consigue tranquilizarse; sólo le queda levantarse y vestirse, ya nada tiene que hacer ahí, sabe que al día siguiente alguien encontrará a la mujer y que como siempre no pasará nada.


Nunca pasa nada. Sabe que saldrá del hotel sin que nadie lo vea y que nadie recordará el rostro o el nombre del joven que acompañaba a la, ahora, muerta. "Se han registrado con el nombre de ella", dirá la llorosa encargada a la policía, muerta de miedo no por el hermoso y joven cadáver que reposa en una de las habitaciones, sino por la pésima publicidad que el suceso le dará al hotel. Y él lo mirará todo, como siempre, desde una azotea cercana, disfrutando la escena que como bien sabe en unos pocos días toda la ciudad olvidará para siempre. Aunque de eso no está muy seguro si tiene que ver completamente con su poder o si simplemente la ciudad es así.


Como fuera, la gente no tardaba más de tres días en volver a repetir: "En este lugar nunca pasa nada". Y al escucharlos él no podía evitarse sonreír.
 
 
*Podría ser una crónica de nuestra ciudad (¿país?) de la furia.
*Me dejarás dormir al amanecer...
 
 


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