Déjame contarte sobre la última pesadilla que tuve
Soy una niña pequeña, de entre siete y ocho años. Vivo con mis papás y una hermanita de dos años. Mamá ha estado enferma durante mucho tiempo y no sale más de su cuarto, quizá por eso la casa está tan sucia y abandonada. ¿Pero así de abandonada? Las paredes han perdido las capas de pintura en algunas partes debido a la humedad, y puedes ver los diferente colores que la han vestido en tiempos mejores. Todo está lleno de una capa de tierra gruesa, los pies crujen al cruzar las habitaciones. Todo huele a soledad y tierra vieja.
Papá tiene que hacerse cargo de nosotras porque Mamá no puede levantarse. Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que Mamá ha salido de su habitación. Sé que debería visitarla pero el olor a enfermedad y oscuridad que flota en su cuarto me asquea y me espanta, no deseo que me toque con sus manos huesudas y frías. Me da vergüenza sentirme así pero hay algo dentro de mí, dentro de lo pequeño que es mi mundo, que evita que me sobreponga a ello.Un día Papá me dice que tiene que salir, y que se llevará a Hermanita con él. Me pide que cuide a Mamá, que esté al pendiente de lo que necesite y que no la deje sola. Siento frío en el cuello y un nudo en la garganta, es una protesta que mi deber como hija no deja salir, es querer gritar "tengo miedo" sin poder decir "de mamá". Papá parece leer lo que siento en mi rostro, se acuclilla frente a mí y me dice que es normal si me incomoda vivir así con Mamá, pero que siempre debo recordar que Él está bien, Hermanita está bien y yo estoy bien. Nada más. Me lo repito muchas veces en silencio, muy rápido, como tratando de grabarlo en mi mente y en mi corazón. Papá está bien, Hermanita está bien y yo estoy bien. Nada más.
Antes de irse Papá me dice que Mamá ha dejado una sorpresa en mi cuarto. Mamá le ha pedido que vaya a buscarla y que cuando la encuentre la visite en su cuarto. Papá y Hermanita se van de la casa y me quedo sola, con Mamá. La casa se siente enorme, demasiado para una niña pequeña. El camino a mi cuarto parece eterno, las paredes demasiado altas, mis pasos demasiado ruidosos. Mi cuarto está en penumbra, apenas iluminado por la luz que se filtra a través de las ventanas y ahora con la puerta abierta. Al centro de la habitación hay un fuerte hecho con sillas y cobijas, y en medio una caja. Mi corazón se hace un puño, Mamá y yo solíamos jugar así antes de la enfermedad. Me acerco a la caja y veo que adentro hay algo, pero está demasiado oscuro para reconocerlo. Me agacho en cuatro para alcanzarlo y reconozco su forma. Es una cámara. Solía tomar muchas fotos de Mamá, su belleza era algo que mi corta existencia no podía comprender así que me empeñaba en capturarla con la misión de conservarla; ahora todas esas fotos se enmohecían en una caja debajo de mi cama, lejos de Ella, para no comparar lo que fue contra lo que ahora yacía en una cama. Sabía que era Mamá porque Papá me lo decía, sólo por eso.
Entonces me percaté que detrás había algo más, algo pequeño. Bajé la cámara para alcanzarlo con ambas manos. Lo que toqué era frío, húmedo y viscoso. Mi pulso se aceleró y empecé a sudar. Era un corazón. A pesar de solo haberlo visto en láminas de enciclopedias viejas estaba segura de que lo era, y encima de ello, sabía que era el corazón de una cierva. Mi mente se llenó de verdadero terror, de ganas de salir huyendo y jamás volver. Levanté la vista y mis ojos se posaron en las ventanas de mi cuarto. Arriba de las puertas las ventilas se dividían en dos, reflejando la oscuridad de la calle. Por un momento sentí que se convertían en ojos, los ojos de algo mucho más grande que yo. Por primera vez me di cuenta de que esos ojos habían estado siempre sobre mí, espiando desde los huecos que formaban las ramas de los árboles, entre los barrotes de las escaleras, en los espacios de los ornamentos de las fuentes del patio. Me habían perseguido toda la vida y por primera vez veía a los ojos a la enemiga de todo lo tibio, la que robaba el color de las mejillas y la tersura de la piel.
Entonces me percaté que detrás había algo más, algo pequeño. Bajé la cámara para alcanzarlo con ambas manos. Lo que toqué era frío, húmedo y viscoso. Mi pulso se aceleró y empecé a sudar. Era un corazón. A pesar de solo haberlo visto en láminas de enciclopedias viejas estaba segura de que lo era, y encima de ello, sabía que era el corazón de una cierva. Mi mente se llenó de verdadero terror, de ganas de salir huyendo y jamás volver. Levanté la vista y mis ojos se posaron en las ventanas de mi cuarto. Arriba de las puertas las ventilas se dividían en dos, reflejando la oscuridad de la calle. Por un momento sentí que se convertían en ojos, los ojos de algo mucho más grande que yo. Por primera vez me di cuenta de que esos ojos habían estado siempre sobre mí, espiando desde los huecos que formaban las ramas de los árboles, entre los barrotes de las escaleras, en los espacios de los ornamentos de las fuentes del patio. Me habían perseguido toda la vida y por primera vez veía a los ojos a la enemiga de todo lo tibio, la que robaba el color de las mejillas y la tersura de la piel.
Solté el corazón y lo pateé fuerte hasta el fondo de la caja. Limpié frenéticamente mis manos contra mi ropa, tomé la cámara y salí corriendo. Bajé las escaleras tan rápido como pude, quería llorar pero extrañamente las lágrimas no me salían. No podía permitirme el no ver claramente, tenía que salir tan rápido como me fuese posible. Cuando bajé al patio escuché la voz de Mamá llamando mi nombre, tan claro como si estuviera ahí. Volteé a todos lados pero no podía verla. Al inicio de las escaleras no había nadie, ni en el pasillo que iba hacia la cocina, ni en la puerta para entrar a la sala. Lo escuché de nuevo, un poco más cerca, y corrí de nuevo. Mamá repetía mi nombre una y otra vez, cada vez más cerca, imposiblemente cerca. La puerta de la casa se hacía cada vez más pequeña e imposible de alcanzar.
El pánico me hizo despertar, pero volví a dormirme de inmediato, y en mi sueño toda la escena se iba disolviendo, como si el mundo se fuese por una coladera y al fondo sólo hubiese vacío. Una voz que ya no era mía, que no había escuchado durante el sueño, decía que no había logrado escapar y que eso que decía ser Mamá me había alcanzado, que nunca saldría de esa casa. Ahí desperté de nuevo y estuve despierta mucho rato antes de animarme a dormir de nuevo, con la sensación de que si, había logrado despertar, pero no escapar. Sigo sin saber qué fue lo que perdí en ese lugar, temo que un día vuelva por mí.