Incinerate


Ojala que esta noche no sea de esas noches en que la pesadilla vuelve. He mentido. A los doctores, a mis padres y a mis amigos. Pero lo he hecho por una razón, para que la pesadilla no vuelva, porque siempre que preguntan como estoy, justo cuando quieren saber si estoy bien, tengo que mentir porque no, ella no se va. Sigue adentro de mis pensamientos y me consume lentamente. Justamente cuando miento, ella vuelve. Y por eso tengo que evitar que pregunten, que sonrían. Para evitar que vuelva.

Olvidar la imagen de su cabeza asomándose por la ventana, dejando que el viento le agite los cabellos, mientras grita de alegría al sentir la fuerza de los 250 km/hora que nos roba hasta las lágrimas.
Ser tan jóvenes y estar tan sobrios nos hace pensar que somos invencibles. Como para ignorar la proximidad de un trailer y la imposibilidad de frenar la trayectoria suicida hacia el infierno. Para no ver una vez más el cataclismo de nuestros cuerpos dentro de un montón de chatarra en fuego. De ver cómo sale expulsada a través del parabrisas, como un cometa que arrastra su cola de hielo. Colapsa contra una pared. Está muerta. Y yo atorado en el asiento con las piernas atrapadas entre los pedales y mi cuerpo, y el volante comprimiendo mi estómago. El coche ha terminado boca abajo, y el combustible que se ha estado tirando ha comenzado a arder. El fuego me lame pero no siento nada. Creo que voy a morir pero, eso lo sé, fui escogido para vivir la pesadilla de la culpa.

Uno creería que el principal instinto de un ser humano es la supervivencia, pero estamos equivocados: es la culpa. Cuando uno reconoce que las opciones se terminan es momento de empezar a buscar un rostro amable entre la multitud que nos diga: “No es tu culpa, vas a estar bien”. Pero la realidad nunca es amable, y esas bondadosas, rollizas y sonrientes caras nunca están a tu disposición. En lugar de eso hay tantos curiosos cuyo morbo por la muerte sólo se compara al miedo y pasión que la misma les inspira. Mucha gente de rostros borrosos que no se quiere acercar a ver el rostro destrozado de una bella chica, porque en verdad lo fue, y los gemidos de dolor de un pobre tipo sin tanta gracia, y con la misma suerte que le permite comprometerse con “el amor de su vida”, sólo para estrellarse contra un muro de contención en una avenida a las tres de la mañana. A ver qué opinan de eso los amables bomberos que vienen a sacarme de mi jaula en llamas. O de tu cuerpo fracturado sobre la banqueta, en una posición tan grotesca que ni el fotógrafo del diario más amarillista quiso tomarte una foto. El honor me lo habrá reservado a mí, el idiota superviviente que habrá de cargar con la calumnia y el peso de no estar muerto.

Los bomberos apagan las llamas y me sacan del cacharro en que acabó convertido mi auto. Al depositarme en una camilla el dolor es tan fuerte que pierdo el conocimiento. Por un instante pienso que estoy muerto, hasta que una tenue luz y ciertos ruidos me hacen pensar que estoy en una ambulancia. El movimiento lo confirma. Hay una mano sobre mi frente y una voz que dice que el 70% de mi cuerpo ha quedado consumido por las llamas. No esperan que llegue al hospital, pero al menos se esfuerzan. La mano sobre mi frente está cada vez más helada, y al intentar encontrar a su dueño mi rostro queda cubierto por una cortina de cabello. Cabello rojizo que huele a violetas, como el de ella. Pero está muerta. Debo estar alucinando.
Llegamos al hospital y de inmediato me trasladan al quirófano. Me hacían preguntas que no quería contestar, y se asombraban de encontrarme conciente. Cualquier otro estaría desmayado, consumido de dolor. A estas alturas todos corren a mi lado, incluyéndola. Sus manos heladas me mantienen con vida, ella está entera pero no dice nada. Sólo me mira con ojos cansados, no sé si deseando que muera y me olvide del dolor, o si quiere que sobreviva para cargar con mi abyecto castigo. En cuanto entramos al quirófano me regalan inyecciones de morfina, y por fin entiendo aquello de la felicidad y las armas tibias. Me duermo tranquilo. No espero nada, y nada temo.

Despierto en un cuarto. Las persianas están corridas y apenas si hay luz, la que llega de los pasillos y de la calle. Parece que es de día pero no sé cuánto tiempo ha pasado, si son días o semanas o si apenas ha sido ayer cuando la desgracia ha ocurrido. Medio aturdido por las drogas distingo otra vez su silueta. Sigue sin decirme nada, y su frío me cobija aunque ahora no me toque. Entra un doctor a revisarme y me hago el dormido. No hace comentario sobre la mujer que me cuida desde su silencio, no se percata de nada. Cuando abro los ojos estoy solo.

La rutina se repite cada vez que intento no recordar sus rasgos. Cada vez volvía con su cabello rojizo, con sus párpados cansados, con sus labios delgados y su silencio cubriéndola como un manto pálido. Siempre que los doctores me preguntan como voy, ella regresa a recordarme que no voy a ninguna parte. Mi cuerpo no se decide a morirse o regenerarse, así que me convierto en una figura humanoide, con una piel más bien parecida a la arcilla y sin un rostro definido. La mitad quedó destrozada tras el accidente. Ya han pasado tres meses y ya quieren dejarme ir. Pero no tengo a donde, porque no voy solo, vamos la culpa, mi mujer y su silencio.

Hoy he pensado en que la única manera de acabar con el incendio de mi mente es terminando de arder. Mi mujer por fin ha hablado, me dijo: “Vámonos de aquí”. Me dio una de sus manos heladas y me sacó del hospital. Encontramos un coche y nos sentamos de nuevo. Atravesamos las calles como un bólido. A mi lado ella comienza a convertirse en una esfera de fuego que enciende los asientos y me consume desde adentro. No queda nada por hacer. Repetimos nuestro karma y el mismo muro me abraza sin miedo. El fuego sube a los cielos, y entre sus llamas nos lleva, quemándonos en silencio.


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