No hay sordera peor que la de quien no quiere oír.

Supongo que no soy la única persona a la que la literatura ha arruinado la vida. A mí me ha convertido en un ser enfermo. Esto no quiere decir que antes de consagrarme a ella yo haya sido una persona llena de vitalidad, pero sí era alguien capaz de disfrutar medianamente de la vida. Podía, por ejemplo, salir a pasear por la tarde sin que me aturdiera la angustia por la idea para mi próxima novela o por las críticas injustas que caían sobre mis textos.
Ahora estoy arruinado. Vivo dentro de una obsesión sin fin; salgo a la calle y narro mentalmente y sin tregua todo lo que sucede a mi alrededor. No puedo dormir porque mi cabeza no descansa en busca de una historia. Dentro de mí surgen voces que hablan a todas horas y sólo a veces guardan silencio cuando las sumerjo en alcohol.
Los libros se han apoderado de mi vida y no sé cómo sacarlos de ella. En otro momento, cuando lo único que deseaba era ser escritor, me zambullía en la ficción y no me importaba tener la cabeza siempre llena de historias y personajes. Pero todo ello fue convirtiéndose en una carga y un castigo. Ahora el mundo imaginario se desborda fuera de mi cuerpo y se vacía en la realidad. Fui yo quien al principio buscó con desesperación a la literatura, pero cuando quise dejarla enterró sus dientes en mi piel, no porque yo estuviera destinado a escribir un gran libro, sino porque había adoptado en mí la cualidad de un virus.
¿La ficción no quiere abandonarme? Bien. Ya que no puedo deshacerme de ella, ésta es mi respuesta: no una novel sino la proclamación de mi odio y mi desprecio hacia los escritores. No un libro sino un escupitajo a la escritura.
Desde chico me gustaban las historias; prefería leer que jugar. Mi madre muchas veces me tiró los libros por miedo a que no creciera siendo una persona normal. 
Creo que le aterraba la idea. A veces, cuando me sorprendía leyendo, se me quedaba mirando un rato como si yo me estuviera convirtiendo en un bicho extraño y tuviera que rescatarme de la metamorfosis que tarde o temprano iba a obrarse en mí. Temía que su hijo no llegara a ser un ciudadano honorable, es decir, un abogado, un doctor, un ingeniero. Por eso a veces se ponía histérica con la idea de estar criando un hijo idiota y entraba en mi cuarto para arrasar con los libros. Decía que después se lo iba a agradecer.
La técnica de mi madre era espiarme. Ahora mismo puedo decir que en cada habitación hizo un imperceptible agujero, pero antes no sabía cómo era capaz de atraparme con tanta eficacia cuando leía un libro. Entraba de improvisto al cuarto y lo único que hacía era extender la mano.Yo se lo entregaba y ne su rostro duro se dibujaba una tenue sonrisa de triunfo. El siguiente paso era deshojarlo y romperlo frente a mí. Las primeras veces apartaba la vista, pero ella decía: no dejes de mirar. Luego ya no tuvo que recordármelo. Al terminar, tenía que recoger los restos y echarlos a la basura mientras ella me vigilaba. Después siempre decía lo mismo: ve y cava un agujero en el patio. Si tanto te gustan las actividades inútiles yo te daré una más.
Leer se convirtió en un acto de rebelión pero más que eso en un acto contra la sangre, porque me hizo odiar a mi madre por tratar de alejarme de lo que me apasionaba. Sepulté su figura bajo una torre de libros y reemplacé el amor que le debía dirigiéndolo hacia las cosas inexistentes e inservibles, ahora me doy cuenta, que pueblan el mundo de la literatura.


Claudia Reina, fragmento de una novela de la que ni siquiera estoy segura si publicó.

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