La promesa perdida de un sueño roto


En las calles de Monterrey pasea una mujer alta, rubia y muy delgada. Su piel rosada está cubierta de andrajos de un olor pútrido, producto de la falta de limpieza que caracteriza a los indigentes. La veía con regularidad al pasar del trabajo a mi casa, siempre en una esquina y mirando hacia al cielo, como preguntándose cómo fue que la vida la llevó a una situación tan denigrante. A mí me sorprendía la belleza que se escondía bajo las capas de mugre y miseria y la profundidad de sus ojos azules. Siempre que pasaba dejaba una moneda o un billete, a veces un dulce, pensando en mitigar un poco su soledad y su hambre. Ella nunca me miraba, ni a las personas que pasaban a su lado. Contrariamente a lo que pasa con los indigentes, ella era la que nos ignoraba en el tráfico grosero de este mundo. 
Un día al salir a comer no pude soportar la curiosidad y me acerqué a ella. En una bolsa de plástico llevaba un refresco y un sándwich, esperando ganarme su confianza con ese presente. Me acerqué a su esquina; ese día ella acariciaba, distraída, a un pequeño gato color miel, con una mancha blanca en su ojo izquierdo. Me puse en cuclillas y acerqué mi mano al gatito y lo acaricié despacio; el minino se retorció un poco y se dio la vuelta, apretándose contra la cintura de la mujer. La saludé y no me respondió. Le dije: "Si no quiere  hablarme está bien, sólo vine a traerle algo de comer". Me levanté y me di la vuelta, pero ella tomó una de mis muñecas y me susurró: "No vale la pena".
-¿Qué no vale la pena? -le pregunté.
-Conocer mi historia. Te mueres de curiosidad, ¿verdad? -me dijo con una sonrisa increíblemente blanca tomando en cuenta las condiciones en las que vivía, y con un ligero acento extranjero.
-No, yo sólo quería ser amable. Lo siento -dije, sonrojándome y tratando de soltar mi brazo de su mano, pero ella no cedió. Me miraba entre triste y suplicante, como si fuera la primera vez en mucho años en que alguien se tomaba la molestia de mirarla sin desprecio.
-Yo no tengo nada que ocultar. Mi suerte fue perderme, estar muy lejos de todo, por preocuparme de una persona que parecía perdida, como yo te lo parezco a ti. Si te lo cuento no es porque quiera que sufras el mismo destino, sino porque alguien tiene que escuchar mi historia, incluso si no cree. Si tú no crees o lo haces da igual, yo estoy hundida en el misterio y desaparezco poco a poco. Cuando ya no esté aquí, ¿quién cuidará de Cucú?
En este punto perdí el hilo de sus pensamientos. Supuse que Cucú era el gatito, pero la manera en la que hablaba, como gastándose el aliento en cada letra, me hacía permanecer a su lado. Quería apoderarme de su memoria porque sabía que nadie la había escuchado y probablemente después de mí nadie lo haría. A cambio de una comida me nombró su heredera. Le pedí que continuara y me senté a su lado, olvidando completamente que tenía que regresar a la oficina a terminar mi turno.
-Verás... yo no soy de aquí. Salí caminando de mi ciudad hace muchos años. Ahora tengo 44 y la vida pasa frente a mis ojos como en un sueño febril. Soy invisible y la gente que pasa apenas si deja sentir sus pasos, tan ocupados en buscar lo que ellos quieren llamar la vida feliz. Mírame, estoy sola y podrida, pero completa. No tengo nada y nada pido. No hablo porque se nota que mi pasado pertenece a otro país, a otro clima, y la gente quiere saber. Tenía 10 años sin pronunciar palabra, ¿sabes? Pero te acercaste a mí como si quisieras adoptarme, como si fuera un animalito de la calle. Eso es lo que soy. Pero tú no puedes adoptarme, porque para hacerlo tendría que ser dueña de mí misma y hoy soy nadie. Hace muchos años era peor que tú. Para continuar tengo que pedirte tu silencio y que no hagas preguntas; a cambio te entrego el lodo puerco en que se convirtieron mis sueños. ¿Me sigues?
Asentí; no sabía qué podría sacar de ahí, pero la necesidad de saber me carcomía.
-Bien -continuó ella-. Para que esto sea completamente personal necesitas olvidar mi nombre. Sólo las cosas sin nombre, sin dueño, son las que se quedan grabadas muy hondo. Una flor, un atardecer, una sonrisa, eso es lo único que permanece. ¿Conoces Albuquerque? Yo nací allá. Está en Nuevo México, del otro lado de la frontera. Un día tomé mis cosas y desaparecí. No sé si me buscaron o si aún lo hacen, yo creo que ya me dan por muerta. Mejor así.
"Hubo una vez en que me creí la muchacha más bonita del condado. Me creía dueña de una sonrisa seductora y de los ojos más parecidos a luceros que la tierra había visto nacer. Era muy inteligente, el primer lugar del salón desde que puse mis pies en una escuela. Era muy inteligente, pero no lista. Imagínate que tuve a mis padres y a dos hermanas, rubios y hermosos todos, muy sanos. Nunca imaginamos que las vejaciones que la vida podía infringir nos alcanzarían a tocar un día, pero teníamos indigentes. Homeless, les dicen por allá. Sin casa. Aquí les dicen pordioseros, ¿es por qué se la pasan pidiendo auxilio a un dios que no los mira?
Bueno, pues allá había un dios que hablaba a través de nosotros y les construía una fiesta una vez al año. La escuela se convertía en posada y se juntaba comida, ropa, zapatos. Las regaderas se llenaban de jabones y ropa interior limpia y ellos podían por una vez sentirse limpios, sentarse a la mesa con todos, respirar un aire libre de su rancio aroma. Se disfrazaban de personas con nosotros. Había gente que sólo ese día tenían una muda limpia, y los veías llegar con la ropa del año pasado. Entre esas personas había un hombre cuya piel estaba roja por el sol y sus ojos quebrados de olvido. No hablaba mucho y cuando lo hacía balbuceaba incoherencias. Yo me acercaba a auxiliarlo pues tenía algo peculiar: su barba estaba bien recortada. Lo veías cerca de las vías del tren, o recogiendo basura en las calles, y siempre estaba lleno de andrajos malolientes, pero su barba era perfecta. Corta, algo pelirroja, se cerraba sobre unos labios delgados y tristes, y nunca estaba llena de liendres o piojos. Ese pequeño rastro de dignidad me parecía fascinante, pero a la vez hilarante. Me avergüenza admitirlo, pero yo lo veía como una curiosidad de circo.
Yo lo llevé a las regaderas, le pasé su ropa limpia y me encargué de tirar la sucia a la basura. Quise llevarlo al comedor pero el señor Williams, el director de la colecta, me lo impidió.
-Ya hiciste mucho por él. Ve y ayuda a otras personas.
Me hice a la idea y me despedí de él dándole unas palmadas en el hombre. Él ni siquiera me miró, siguió al señor Williams y desapareció de mi vista. Pero en mi mente su rasgo de limpieza entre tanta inmundicia se quedó clavado. ¿Quién era él? ¿Quién era toda esa gente que año con año hacía fila para pedir un poco de nuestras sobras? Me hice el propósito de que una a una iba a encontrar las historias de todas esas personas sin nombre. Quería saber de dónde venían, cómo habían perdido todo y cambiado una cama decente por una pila de cartón. Quería recuperar sus vidas empezando por la de él.

Al día siguiente me acerqué a las vías del tren, empuñando una bolsa con comida y golosinas, justo como tú. Tenía miedo y me preguntaba si estaría cometiendo un error, pero la necesidad de saber era más poderosa. Lo encontré sentado sobre un montón de cartones, en una especie de casucha construida con desperdicios. Hablaba solo y se mecía de adelante hacia atrás, como arrullándose. Me fui acercando muy despacio, tratando de no espantarlo, como cuando quieres atrapar a un gato que se ha escapado de su casa. Le dije hola y él retrocedió lo más que pudo en su choza, horrorizado. Yo me acerqué más y me hinqué a la entrada de la misma, hablando bajito y haciendo sonidos de arrullo.
-Está bien señor, ¿no se acuerda de mí? Nos vimos ayer en la comida de la preparatoria.
Él seguía murmurando cosas y mirando hacia todos lados, como buscando por donde escapar. Su miedo me conmovió y apenas acariciando una de sus piernas me despedí.
-Le dejo esta bolsa, ¿está bien? Es comida y dulces, supuse que le gustan los dulces. Ya me voy.
Me puse de pie y antes de irme le dije en voz baja: "Bonita barba, señor". Entonces el hombre levantó la mirada hacia mí y me sonrió. Me hizo una seña para que me acercara y acarició mi rostro con suavidad; su ropa aún estaba fresca pero sus ojos seguían vacíos.
-Sabía que un día ibas a venir por mí. ¿Cómo estás, Blythe?
-¿Perdón? -exclamé asustada, pensando que el señor podría intentar abusarme. Me arrepentí inmediatamente y me puse de pie, alejándome poco a poco para no hacer movimientos bruscos. Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas y susurró: "Hijita".
Me fui corriendo y llegué a la escuela, que estaba cerca de ahí. Entré esperando encontrar al señor Williams y contarle lo sucedido. Como era de esperarse me regañó.
-No debes ir a esos lugares sola. Cuando estamos todos pendientes, padres y maestros, es seguro y hasta benéfico que convivan con esas personas, para que sepan agradecer lo que tienen. Pero solos no sabemos nada, de dónde vienen o por qué están ahí en las calles. Y no es el deber de una muchachita de 17 años el salvarlos de su situación.
-Pero me llamó Blythe, me llamó hijita...
-¿Y qué? Cuando he tenido oportunidad de hablar con ese hombre me ha dicho que era un santo en Islandia y que su familia vive bajo el mar. ¿Entiendes? Ese hombre no está en sus cabales y podría decir que eres su esposa, pero no es así. No le atormentes y no te acerques más, yo sé lo que te digo.
-Pero esa gente necesita más que sobras, necesitan amor y...
-¿Tú qué sabes? -me interrumpió el señor Williams, visiblemente enojado-. No tienes ni la mayoría de edad y ya crees que puedes salvar sus almas. Ni siquiera has tenido un novio, nunca has sabido lo que es el abandono y tú te crees capaz de distinguir lo que es mejor para esas personas. Hacemos lo que podemos una vez al año y lo agradecen, pero nada más. Haz como tus compañeros y mira hacia adelante, ya hiciste una buena obra y ya será el próximo año cuando puedas repetirla. Ahora vete y no vuelvas a hacerlo, o tendré que llamar a tus padres y ya quiero ver cómo les explicas que andas corriendo atrás de un indigente.
Me sentí ofendida por sus comentarios. ¿Y qué si nunca me habían dejado sola? Yo solo quería ser capaz de regalarle una sonrisa alguien tan necesitado de afecto. Me prometí nunca decírselo a nadie hasta que aquel pobre hombre fuera capaz de contarme quién era y qué le había pasado, y pudiera devolverle la promesa perdida de sus sueños rotos. Yo iba a encontrar a su familia y se la iba a regresar, aunque costara mucho y no hubiera nadie para ayudarme.
Volvía casi todos los días a sentarme a su lado, y poco a poco me iba diciendo cosas, incoherencias a primera vista pero todo lo anotaba, buscando la manera de encajar las piezas que me permitieran una búsqueda precisa y que me diera resultados. Llevaba un registro detallado de todas las personas, lugares o señales que pudiera nombrarme y cada día me encerraba en la biblioteca a buscar periódicos viejos, fotografías, algo que me dejara encontrarlo, hasta que un día pudiera decirle: "Aquí estás. Este eres tú. Vamos con tu familia". Se había convertido en mi búsqueda personal porque tratando de encontrar quien era él pensaba que podría descifrar quien era yo. A través de su pasado quería perfilar mi futuro.
Pasaron así seis meses hasta el día en que cumplí 18 años. Mis padres me hicieron una fiesta preciosa, me regalaron un vestido color de rosa, como una flor pálida, y mi sonrisa se derramaba como polvo de diamante. Parecía una mariposa recién salida de su capullo, hermosa pues era fruto de algo terrible. Mis amigos estaban ahí, rodeándome, sonriendo y bailando a mi alrededor, pero yo me sentía sola. Estaba en una casa llena de mis seres queridos y yo sólo quería sentarme al lado de aquel hombre que no me había hecho nada, que no me había dirigido una frase completa y que insistía en llamarme Blythe. Entré a la cocina y corté un trozo de pastel, lo envolví en papel aluminio y salí de la casa sin ser vista, pensando en compartirle una noche de alegría. Llegué a las vías del tren y no lo vi. No sabía su nombre así que esperé un rato junto a su casa, si así se le podía llamar. Esperé casi media hora y no llegaba, así que decidí irme. Me di la vuelta y lo vi parado, observándome, con una mirada seria. Me acerqué hacia él y solo entonces pude distinguir que no llevaba sus andrajos de siempre, sino que llevaba una bonita chamarra de piel color marrón, pantalones de mezclilla oscura y unas botas negras. Su barba estaba impecable, como recién cortada. Quedamos a poco centímetros de distancia; me sentía fascinada y a la vez intimidada por ver a este hombre que consideraba desahuciado de la sociedad vestido como un hombre común. Tragué saliva y le extendí el trozo de papel aluminio.
-Te traje esto. Es mi cumpleaños y pensé que quizá hacía mucho que no celebrabas uno y quise compartirlo contigo. Ten, es de merengue de limón.
Él lo tomó y lo tiró al piso. Yo sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas por su desprecio, pero no le reproché.
-Está bien -le dije-, el limón no es tu favorito. A decir verdad tampoco el mío, pero ya sabes, mis padres...
-Sí, los padres -me dijo con una voz fuerte y grave, distinta a la voz aguda y triste con que solía balbucear de día-. Eso dices ahora pero cuando no estén para darte órdenes y comprarte pastel, ¿qué vas a hacer? Dime niña, ¿qué harías si supieras que no los vas a volver a ver?
Me asusté y comencé a retroceder, pensando en que había sido una mala idea ir sola de noche a donde no debí ir ni siquiera de día. ¿Quién era este hombre y de dónde había salido, por qué fingía demencia? Quise seguir retrocediendo despacio cuando vi que de su chamarra sacaba un revólver.
-Quieta, por favor -me dijo suavemente y yo me congelé en el acto-. Querías saber tantas cosas, querías sentirte especial y rescatarme del olvido. ¿Quién eres tú? ¿Cómo quieres salvarme si no te puedes salvar a ti?
-Lo siento mucho, por favor no me haga daño -le dije llorando.
-Lo sientes mucho, niña. Pero no lo sentías cuando estaba sentado a tu lado, comiendo golosinas como si fuera un cachorro de la calle. ¿Acaso no pensaste que yo estaba así porque lo deseaba? Hace muchos años que olvidé la historia de mi vida, y tú llegaste buscando respuestas a preguntas que nunca debiste hacerte. Yo jugué tu juego, yo te di mil pistas y frases sueltas para ver qué tan lista eras, que tanto tardabas en averiguar quién era yo para salir corriendo y dejarme en paz. Pero me di cuenta de que ibas en la dirección equivocada. Tú buscabas a un pobre hombre herido, que buscaba a su familia y que no podía recordar. Yo soy un hombre que la perdió a propósito y que no la quiere reencontrar.
En ese momento amartilló el revolver y se acercó; yo retrocedí y caí sobre mis nalgas en las piedras y el polvo; recuerdo muy bien que a pesar de estar tan asustada en ese momento me preocupó ensuciar mi vestido. Yo lloraba aterrada y el hombre se inclinó sobre mí y me dijo: "Este es mi secreto. Blythe es una ciudad en California. En esa ciudad una mujer engañó a su marido y quedó embarazada de otro bastardo, pero no le importó. Le dijo a su esposo que el hijo era suyo y él le creyó. El hombre que la embarazó se fue a vivir a Islandia, donde se hizo párroco  quien sabe por qué. La mujer quedó destruida por dentro y su esposo no sabía que hacer para aliviar su pena, porque para él no tenía razón de ser. Ella le confesó todo y él no hizo nada. Se llevó a su esposa y a su hijo a pasear en bote en el río Colorado y cuando nadie lo veía los golpeó con un mazo y los dejó hundirse en el agua. Ahora viven bajo el mar. Y el pobre hombre también saltó, abandonando su bote, y nadó hasta encontrar una orilla lejana. Salió del agua y caminó hasta encontrar un lugar donde nadie supiera su nombre, donde pudiera vivir en paz con sus demonios. O así lo hizo, hasta que una niña se cruzó en su camino y se quiso sentir heroína y salvarlo del anonimato".
Estaba horrorizada y pensé que ese era mi fin, que me iba a matar y desaparecería de nuevo. Cerré los ojos esperando el disparo final, pero después de 30 segundos de solo escuchar nuestras respiraciones, los abrí. Había guardado su arma y me miraba con los ojos vacíos que encontré la primera vez. Se levantó y estiró su mano para ayudarme a levantarme. 
-Ahora que sabes todo eres mi cómplice y debes correr.
-Le juro que nunca diré nada, nunca volveré a visitarlo, se lo prometo.
-Eso lo sé. Te irás de aquí. Le causarás mucho sufrimiento a tu familia pero si te vuelvo a ver, si por alguna razón te veo rondando por aquí, te juro que te mataré. Tengo habilidades de las que nunca has oído hablar. Puedo hacerte desaparecer hoy mismo, pero prefiero que arrulles tu triunfo. Ahora sabes quién soy, te lo ganaste. Ahora vete y no vuelvas.
Lo miré aterrada, sabía que no jugaba. 
-Antes de irme quisiera preguntarle algo más.
-¿Qué más quieres saber?
-¿Por qué siempre tiene su barba tan bien cuidada?
Para mi sorpresa, el hombre soltó una carcajada y me dijo: "Porque a mi esposa no le gustaba que la dejara crecer. Desde que esa perra se fue, soy libre de hacer lo que me dé la gana".

Después de tantos años aún no logro entender cómo es que lo último que me dijo me hizo sentir tan tranquila. Ya sin llorar me fui corriendo hasta llegar a casa de mis padres. Sabía que si les contaba lo sucedido ellos podrían ayudarme. Podrían llamar a la policía y encerrar al hombre, sabía que no tenía que huir como él me lo había dicho. Me escondí tras un árbol que estaba a tres casas de la mía y vi que todos estaban afuera, todos preguntándose donde estaba. Había una patrulla afuera y mis padres hablaban con un policía, visiblemente afligidos. Vi que si había un momento de hablar era ese. En lugar de eso me di la vuelta y corrí. Caminé toda la noche hasta llegar a los límites con Arizona. Ahí le pedí aventón a un camionero al que no le pregunté a donde iba y que no preguntó quien era yo. Desde entonces he caminado sin descanso hasta llegar aquí, a esta ciudad tan lejana y bonita."

La mujer hizo una pausa en ese momento. Abrió la bolsa de plástico que le había entregado y sacó el refresco; lo abrió y le dio un trago largo, como si el cerrado silencio de tantos años le hubiera secado la garganta al abrirse. Cuando terminó lo cerró y me miró.
-Por supuesto, no tienes que creer ni una palabra de lo que te dije. He escuchado que me dicen que estoy loca, que soy una cerda y una floja por quedarme tirada en esta esquina. No será la primera vez ni la última, pero creo que no me queda mucho tiempo más. A estas alturas esperaría poder ir y buscar a mi familia, pero seguramente creen que estoy muerta. Y el hombre puede que me siga esperando.
-¿Por qué se fue? -le pregunté rompiendo mi promesa de silencio.
-¿Por qué? Porque entendí que nunca más sería la misma. Si me quedaba y él terminaba en la cárcel yo sólo sería la muchacha que descubrió su secreto. Crecería y me casaría y tendría hijos. Probablemente si hubiera tenido una hija la habría llamado Blythe. Pero sería repetir el camino de un hombre que se desató de la vida con tanto trabajo. No creo que hubiese querido matar a su esposa y al niño, pero no había otra manera de hacer las cosas. Quizá todo fue una broma de su parte y en realidad nunca hizo nada y aquí estoy yo, pagando las consecuencias de mi ingenuidad. Pero podía vivir en la duda de si había hecho lo correcto al entregar a la policía a un hombre que probablemente estaba loco o creerle y huir como él. Huir de mi misma y de las consecuencias de nuestros actos.
-¿Y qué se supone que haga yo con todo esto?
-No lo sé. Tú no tienes que huir si no quieres. Nosotros, los indigentes, no somos libres, como podrías creer. Somos prisioneros de un mundo sin lugar para tanta gente que pide y reza a un dios que nunca escucha. Por eso nos dicen pordioseros.
La mujer miró al gatito, que ronroneaba plácidamente acurrucado junto a su vientre. Yo me levanté y me fui sin despedirme. Regresé a mi oficina y la encargada me recibió muy enojada, preguntándome dónde había estado las últimas dos horas. Le contesté que había tenido un incidente y que no pude regresar ni avisarle. Sólo iba por mis cosas y le recuperaría las horas después. Salí del lugar y tomé el camión que me dejaba en mi casa. Por la ventana pude ver a la mujer sentada en la esquina, mirando hacia el cielo, que es lo mismo que mirar hacia la nada. 
Llegué a mi departamento y supe que adentro me esperaba la comida, las noticias, el novio que me preguntaría por qué había llegado antes y por qué me veía así. Con la llave a punto de entrar en la cerradura me di la vuelta, y caminé.



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