Frío frío frío

Y ahí estaba yo, parada entre la cocina y el patio, con una Strongbow roja, el suéter más fresa que encontré en mi clóset y la sensación de no pertenecer. No me pasaba desde los 16, cuando por lo menos me sabía querida por la gente que me rodeaba y era el mundo el que me causaba indigestión.
¿Pero ahora? Ahora soy sólo un esfuerzo por querer ser normal a mi manera, por querer tener amigos nuevos, por pertenecer a algo que no me sale, que no se me da. Por ejemplo, quiero hacer algo con las tarjetitas del metro, intercambiar publicidad por fotos y poemas pero, ¿cómo se hace eso? ¿Cuánto cuesta ser tangible? Igual me repito a diario que tengo que hacerlo, que está bien padre, que es lo de hoy para que no se me olvide, para dar el primer paso aunque la frase latente del “¿Y ahora qué?” me sigue constipando.
Constipando mentalmente, se entiende.
Mi cabeza era un revuelo de pájaros obstinados en quedarse con un pie en cada habitación, sonriendo a la anfitriona y evitando al anfitrión. ¿Cómo le harán para ser tan aunténticos, tan amables? Tan como siempre he querido ser y no se me da. Quisiera ser menos obstinada y altanera (Lulucita dixit) y aprender a renunciar a estos sueños guajiros y hacerle como mis hermanas, que tienen muchos niños y sus relaciones no duran.
Espero que mi cuerpo recuerde y aprenda a relacionarse de nuevo, a disfrutar de la gente a la quiero copiar el modo de vestir y hablar, y se me quite el eco de las paredes, la serie navideña que en febrero es irónica y la certeza de que aquí sobro, que soy principiante y a mi edad ya no es posible hacer amigos. Debí aferrarme a los que tenía aunque no nos quede nada en común.


Buscaba y no lo encontraba, pensó que no llegaba, y sin abrir los ojos, atendió.
Y su voz le respondió: Siempre digo más de lo que pienso, pienso más de lo que siento. Y el teléfono colgó.


 

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