"I don't lived for all that died,I just want to feel it again".
Debo confesar que siempre he sido un romántico. La vida ya carga encima con suficiente grosería como para no dedicarle un momento de ternura y pureza de vez en cuando. Para mí el romance no ha muerto, si acaso se esconde en los rincones más inesperados, asomándose con sobornos de asombro y rosas rojas. En otras ocasiones no requiere de banalidades, sino del momento exacto en el que un par de miradas se cruza, o dos dedos se rozan, o una mano fría se posa sobre el bajo de la espalda pretendiendo darse paso cuando en realidad lo que grita es "déjame tocarte". Esos momentos valen más que el oro rosa y el rubí, valen la vida completa. Vale tanto seguir apostando por el romance que podría decir que justo eso es lo que aún me mantiene con vida.
Claro que ser así no me ha hecho la vida más fácil. La sociedad nos hace pensar que el hombre le saca la vuelta al compromiso pero no es así, la mujer es quien decide si vale la pena o no dar el paso hacia adelante en cualquier relación, si nos convertiremos en "algo más" o si no pasaremos de ser meros conocidos para matar el aburrimiento de una tarde cualquiera. La mujer se ha vuelto terriblemente complicada, te pide todo a cambio de un beso. Te pide fe, te pide una vida de servicio a sus pies, te pide calor y te pide espacio. Quieren saber si tu signo es compatible, si la tienes grande o pequeña, si tienes planes para el futuro o sigues viviendo con tu madre. Esto es lo que yo creo: a la mierda el espacio. El instante en el que dos amantes se tornan más que amigos es un momento precioso, que no debe de ninguna manera alterarse por decisiones tan imprecisas como si prefieras la salsa verde o la roja. Ya habrá tiempo de aprender a probar de todo, no me cortes la respiración a gritos cuando yo quiero que lo hagas a besos.
El ser un romántico empedernido me ha dejado también un peso enorme en el pecho: me es imposible tener sexo sin amor. Mi cuerpo lo pide, es cierto, pero el cuerpo también pide agua, y comida, y aire. Y sexo. El cuerpo nos pide de todo para ser felices pero el cuerpo no sabe mejor; es el deber de la mente contradecirlo, doblegarlo, mostrarle todo lo que es bello y bueno y que vale la pena conservar. ¿Acaso los animales hacen el amor? No, ellos siguen su instinto básico, no piensan dedicarle más de dos segundos de su tiempo a esa criatura que ahora carga su semen en el vientre. Es una tarea automática que no dejará ninguna marca en su destino. Y es por eso que uno debe domar al cuerpo, ponerle el ejemplo al no dejar que cualquier par de buenas nalgas que nos pase de frente nos tiente. Claro que podemos admirarlas, añorarlas incluso, pero no alzar la mano en su contra; si esas nalgas no son las de la mujer con la que pasaré el resto de mi vida entonces no me interesa acariciarlas. El fruto más dulce es el que espera el tiempo correcto en la rama, no el que cae al suelo y se fermenta y emborracha a los cerdos.
El cuerpo, ya lo he dicho, es una criatura misteriosa. Nuestro cráneo es grueso y fuerte pero no sirve de nada por si solo. Necesita al cerebro para que adquiera significado, función, misión; esa suave espuma grisácea es lo que nos hace ser lo que somos, y depende de algo tan débil como la carne misma. Soy consciente de ello más de lo que quisiera. Hace no mucho me partieron en dos. Tuve la pésima suerte de atravesarme entre un ebrio y la calle lo que me llevó a sufrir heridas severas. Tuvieron que reconstruir mi cadera con una placa; mi columna tuvo que ser atravesada por tornillos para que no perdiera la capacidad de sostenerme. Mi sangre tuvo que ser remplazada por completo en dos ocasiones a punta de transfusiones y comas inducidos. Los doctores dijeron que nunca podría levantarme de nuevo y que si lo hacía no tendría una vida, sería una plasta condenada a pasar sus días dependiendo de la amabilidad ajena, de la paciencia y la lástima. Pero aquí estoy, 7 años después, contra todos los pronósticos; si los doctores me vieran de pie no lo creerían. Lo único que me queda es un entumecimiento en las piernas cuando hace frío y un feo costurón que me atraviesa el abdomen. Parece hecho por un carnicero pero al menos nadie lo ve; nunca fui del tipo exhibicionista y la vida en la playa nunca fue una opción. La cicatriz me hace sensible al contacto con otros seres humanos, sumado a mi negativa a tocar a otro más allá de lo carnal y banal.
Conocí a una chica. La conocí en el café que en ocasiones uso de oficina y en cuanto la vi sentí una punzada en la columna. Pensé que uno de los tornillos habría rozado pero no, era justo la punzada del destino obligándome a reparar en ella. No debe tener más de 19, tiene el cabello suave y oscuro, rozando apenas los hombros dorados y prominentes. Lo que más me gusta es su olor: huele a vida, a hierba fresca y flores abiertas a media tarde y café recién colado. Huele a libertad, a honor, a sábanas limpias. Se llama Martina.
Por principio yo no invito a las mujeres a mi casa. Llevar a una significa abrirle el lugar más profundo de mi intimidad y eso se logra a base de respeto y una relación fuerte. Sin embargo había algo en ella que me llamaba, que me pedía tocarla y olerla, me distraía pensando en el color de sus muslos y el aroma de su ombligo. Soñaba con enterrar mi cara en su pecho y morder sus mejillas. No estaba seguro de si quería besarla o comerla pero sí sabía que había algo diferente, algo especial. Algo que no se veía seguido pero que tenía que probar.
Quizá cuatro meses de espera no suena a mucho, pero para mí ha sido una prueba justa. Martina me besa en la frente y en los labios, en la comisura de mis ojos y en la parte baja de la nuca. No deja que tome su mano pero le gusta pretender que no me doy cuenta de que al pedirme el azúcar acaricia mi dorso izquierdo con la punta suave de su índice derecho. Sé que su respiración se agita cuando descubre mi mirada en su cintura pero no insinúa nada. Está lista para dar el salto al vacío, pero exige que salte primero para amortiguar su descenso. Así que después de un cortejo azucarado le he pedido permiso de invitarla a cenar en casa. Demostraré mis dotes culinarias para amortiguar la culpa pero el postre será ella. Lo vengo planeando con calma y anticipación.
Martina vino a casa con un vestido que traía un aire a presagio: se sostenía por dos pequeños nudos a la altura de la clavícula; un detalle que exigía respeto en el hecho de que podían deshacerse con el jalón preciso. El cabello le olía a magnolias y la piel era suave como jalea real. Cenamos y bebimos, le puse el disco de Rodrigo Amarante que compramos juntos en un bazar, y me senté junto a ella. Ambos sabíamos lo que iba a ocurrir, pero tenía que sincerarme antes de intentar cualquier avance.
"Querida Martina", dije tomando sus manos entre las mías, "no tiene idea de la dicha que me embarga en estos momentos. Quiero que sepas que lo que siento por ti es real, y es eterno. Quisiera detener el tiempo en este preciso momento de perfección. Pero hay algo que debes saber. Toda mi calma se ve amenazada por un nubarrón: no podremos consumar nuestro amor, mi cuerpo es débil e imperfecto. La sola idea de mostrar mis cicatrices y mi carne me atormentan, no soportaría escuchar de ti una risa burlona y miserable. No te creo capaz, pero deberías saberlo. Bajo la ropa no soy la persona que crees que soy".
Los increíbles ojos color ámbar de Martina brillaban de fervor y lágrimas. Estaba seguro de haber actuado correctamente al decirle la verdad. Martina tomó mi rostro y me dijo: "no hay nada que temer, yo amo lo que me dices y lo que das y lo que dejas amar. Déjame amarte completo, déjame ser una contigo". Al decir esto se puso de pie y tal como imaginé deshizo su vestido con un solo movimiento, y pude ver la gracia de su vientre bajo la luz dorada que pasaba a través de las cortinas.
Supe que lo que pasaría enseguida sería inolvidable. Tanto tiempo de espera para encontrar a la mujer perfecta me había cosechado una laja de colmena dulce. Y yo estaba listo para engullirla.
Tomé su mano y la guié a mi habitación. A diferencia del resto de la casa era más oscuro y templado. Trabajaba duro para darle ese ambiente de alacena, el último santuario para proteger mi cuerpo. La llevé a la cama, y le pedí que se quedara quieta.
"Para poder hacer el amor se necesita justo eso: amor. Lo demás es un desahogo de las tripas, nada diferente a tirarse un pedo o desahogar el intestino. Lo tuyo y lo mío es diferente. Nosotros tenemos todo para ser uno para siempre, o al menos lo que nos dure esta tarde".
Mientras le hablaba empecé a deshacer los botones de mi camisa, uno por uno. Mis dedos se sentían torpes, sentía la cicatriz que nacía justo debajo de mi garganta dura y fría. Escuchaba el aire entrar y salir de ella; en el transcurso del día podía ignorarlo, pero en el silencio y la desnudez no podía callar ese horrendo silbido saliendo de ahí.
"Quiero que sepas que pase lo que pase siempre te llevaré dentro de mí. Que nunca te olvidaré, porque me haz dado un regalo único. Te haz entregado a mí sin reservas y sin miedo, dulce como miel y serena como la luna. Martina, sé que esta no será la última vez que recuerde tu abrazo en la oscuridad".
La mirada de Martina se empañó al darme la vuelta para encararla. Sabía que deseaba con toda su alma gritar, salir corriendo, hacer algo, lo que fuera. Pero el miedo era más fuerte que sus ganas de vivir, y eso me decepcionó. Si tan solo hubiese luchado habría durado más tiempo tibia dentro de mí.
"¿Te doy asco, amor? ¿Aborreces mis cicatrices y mis costuras? El técnico que hizo mi autopsia tenía prisa y cosió mi cuerpo como si fuera un costal de lona. La humillación que sufrí no ha opacado mi deseo de seguir con vida, pero me ha dejado terriblemente solo. No hay ni una sola mujer que se sobreponga al miedo, como si mis cicatrices fueran más importantes que todo lo que hemos vivido juntos. ¿No te basta con el amor? ¿No crees que el amor es todo lo que necesitamos para sobrevivir?".
Y vaya que lo es. Siete años después el amor me sostiene en pie, me nutre. El amor y el cuerpo de Martina dentro de mí, a salvo, dulce composta, preparando el nido de mi pecho para la próxima vez que encuentre a la mujer perfecta. Con el amor que sienta yo será suficiente para ambos, ella sólo tendrá que poner su corazón.
Claro que ser así no me ha hecho la vida más fácil. La sociedad nos hace pensar que el hombre le saca la vuelta al compromiso pero no es así, la mujer es quien decide si vale la pena o no dar el paso hacia adelante en cualquier relación, si nos convertiremos en "algo más" o si no pasaremos de ser meros conocidos para matar el aburrimiento de una tarde cualquiera. La mujer se ha vuelto terriblemente complicada, te pide todo a cambio de un beso. Te pide fe, te pide una vida de servicio a sus pies, te pide calor y te pide espacio. Quieren saber si tu signo es compatible, si la tienes grande o pequeña, si tienes planes para el futuro o sigues viviendo con tu madre. Esto es lo que yo creo: a la mierda el espacio. El instante en el que dos amantes se tornan más que amigos es un momento precioso, que no debe de ninguna manera alterarse por decisiones tan imprecisas como si prefieras la salsa verde o la roja. Ya habrá tiempo de aprender a probar de todo, no me cortes la respiración a gritos cuando yo quiero que lo hagas a besos.
El ser un romántico empedernido me ha dejado también un peso enorme en el pecho: me es imposible tener sexo sin amor. Mi cuerpo lo pide, es cierto, pero el cuerpo también pide agua, y comida, y aire. Y sexo. El cuerpo nos pide de todo para ser felices pero el cuerpo no sabe mejor; es el deber de la mente contradecirlo, doblegarlo, mostrarle todo lo que es bello y bueno y que vale la pena conservar. ¿Acaso los animales hacen el amor? No, ellos siguen su instinto básico, no piensan dedicarle más de dos segundos de su tiempo a esa criatura que ahora carga su semen en el vientre. Es una tarea automática que no dejará ninguna marca en su destino. Y es por eso que uno debe domar al cuerpo, ponerle el ejemplo al no dejar que cualquier par de buenas nalgas que nos pase de frente nos tiente. Claro que podemos admirarlas, añorarlas incluso, pero no alzar la mano en su contra; si esas nalgas no son las de la mujer con la que pasaré el resto de mi vida entonces no me interesa acariciarlas. El fruto más dulce es el que espera el tiempo correcto en la rama, no el que cae al suelo y se fermenta y emborracha a los cerdos.
El cuerpo, ya lo he dicho, es una criatura misteriosa. Nuestro cráneo es grueso y fuerte pero no sirve de nada por si solo. Necesita al cerebro para que adquiera significado, función, misión; esa suave espuma grisácea es lo que nos hace ser lo que somos, y depende de algo tan débil como la carne misma. Soy consciente de ello más de lo que quisiera. Hace no mucho me partieron en dos. Tuve la pésima suerte de atravesarme entre un ebrio y la calle lo que me llevó a sufrir heridas severas. Tuvieron que reconstruir mi cadera con una placa; mi columna tuvo que ser atravesada por tornillos para que no perdiera la capacidad de sostenerme. Mi sangre tuvo que ser remplazada por completo en dos ocasiones a punta de transfusiones y comas inducidos. Los doctores dijeron que nunca podría levantarme de nuevo y que si lo hacía no tendría una vida, sería una plasta condenada a pasar sus días dependiendo de la amabilidad ajena, de la paciencia y la lástima. Pero aquí estoy, 7 años después, contra todos los pronósticos; si los doctores me vieran de pie no lo creerían. Lo único que me queda es un entumecimiento en las piernas cuando hace frío y un feo costurón que me atraviesa el abdomen. Parece hecho por un carnicero pero al menos nadie lo ve; nunca fui del tipo exhibicionista y la vida en la playa nunca fue una opción. La cicatriz me hace sensible al contacto con otros seres humanos, sumado a mi negativa a tocar a otro más allá de lo carnal y banal.
Conocí a una chica. La conocí en el café que en ocasiones uso de oficina y en cuanto la vi sentí una punzada en la columna. Pensé que uno de los tornillos habría rozado pero no, era justo la punzada del destino obligándome a reparar en ella. No debe tener más de 19, tiene el cabello suave y oscuro, rozando apenas los hombros dorados y prominentes. Lo que más me gusta es su olor: huele a vida, a hierba fresca y flores abiertas a media tarde y café recién colado. Huele a libertad, a honor, a sábanas limpias. Se llama Martina.
Por principio yo no invito a las mujeres a mi casa. Llevar a una significa abrirle el lugar más profundo de mi intimidad y eso se logra a base de respeto y una relación fuerte. Sin embargo había algo en ella que me llamaba, que me pedía tocarla y olerla, me distraía pensando en el color de sus muslos y el aroma de su ombligo. Soñaba con enterrar mi cara en su pecho y morder sus mejillas. No estaba seguro de si quería besarla o comerla pero sí sabía que había algo diferente, algo especial. Algo que no se veía seguido pero que tenía que probar.
Quizá cuatro meses de espera no suena a mucho, pero para mí ha sido una prueba justa. Martina me besa en la frente y en los labios, en la comisura de mis ojos y en la parte baja de la nuca. No deja que tome su mano pero le gusta pretender que no me doy cuenta de que al pedirme el azúcar acaricia mi dorso izquierdo con la punta suave de su índice derecho. Sé que su respiración se agita cuando descubre mi mirada en su cintura pero no insinúa nada. Está lista para dar el salto al vacío, pero exige que salte primero para amortiguar su descenso. Así que después de un cortejo azucarado le he pedido permiso de invitarla a cenar en casa. Demostraré mis dotes culinarias para amortiguar la culpa pero el postre será ella. Lo vengo planeando con calma y anticipación.
Martina vino a casa con un vestido que traía un aire a presagio: se sostenía por dos pequeños nudos a la altura de la clavícula; un detalle que exigía respeto en el hecho de que podían deshacerse con el jalón preciso. El cabello le olía a magnolias y la piel era suave como jalea real. Cenamos y bebimos, le puse el disco de Rodrigo Amarante que compramos juntos en un bazar, y me senté junto a ella. Ambos sabíamos lo que iba a ocurrir, pero tenía que sincerarme antes de intentar cualquier avance.
"Querida Martina", dije tomando sus manos entre las mías, "no tiene idea de la dicha que me embarga en estos momentos. Quiero que sepas que lo que siento por ti es real, y es eterno. Quisiera detener el tiempo en este preciso momento de perfección. Pero hay algo que debes saber. Toda mi calma se ve amenazada por un nubarrón: no podremos consumar nuestro amor, mi cuerpo es débil e imperfecto. La sola idea de mostrar mis cicatrices y mi carne me atormentan, no soportaría escuchar de ti una risa burlona y miserable. No te creo capaz, pero deberías saberlo. Bajo la ropa no soy la persona que crees que soy".
Los increíbles ojos color ámbar de Martina brillaban de fervor y lágrimas. Estaba seguro de haber actuado correctamente al decirle la verdad. Martina tomó mi rostro y me dijo: "no hay nada que temer, yo amo lo que me dices y lo que das y lo que dejas amar. Déjame amarte completo, déjame ser una contigo". Al decir esto se puso de pie y tal como imaginé deshizo su vestido con un solo movimiento, y pude ver la gracia de su vientre bajo la luz dorada que pasaba a través de las cortinas.
Supe que lo que pasaría enseguida sería inolvidable. Tanto tiempo de espera para encontrar a la mujer perfecta me había cosechado una laja de colmena dulce. Y yo estaba listo para engullirla.
Tomé su mano y la guié a mi habitación. A diferencia del resto de la casa era más oscuro y templado. Trabajaba duro para darle ese ambiente de alacena, el último santuario para proteger mi cuerpo. La llevé a la cama, y le pedí que se quedara quieta.
"Para poder hacer el amor se necesita justo eso: amor. Lo demás es un desahogo de las tripas, nada diferente a tirarse un pedo o desahogar el intestino. Lo tuyo y lo mío es diferente. Nosotros tenemos todo para ser uno para siempre, o al menos lo que nos dure esta tarde".
Mientras le hablaba empecé a deshacer los botones de mi camisa, uno por uno. Mis dedos se sentían torpes, sentía la cicatriz que nacía justo debajo de mi garganta dura y fría. Escuchaba el aire entrar y salir de ella; en el transcurso del día podía ignorarlo, pero en el silencio y la desnudez no podía callar ese horrendo silbido saliendo de ahí.
"Quiero que sepas que pase lo que pase siempre te llevaré dentro de mí. Que nunca te olvidaré, porque me haz dado un regalo único. Te haz entregado a mí sin reservas y sin miedo, dulce como miel y serena como la luna. Martina, sé que esta no será la última vez que recuerde tu abrazo en la oscuridad".
La mirada de Martina se empañó al darme la vuelta para encararla. Sabía que deseaba con toda su alma gritar, salir corriendo, hacer algo, lo que fuera. Pero el miedo era más fuerte que sus ganas de vivir, y eso me decepcionó. Si tan solo hubiese luchado habría durado más tiempo tibia dentro de mí.
"¿Te doy asco, amor? ¿Aborreces mis cicatrices y mis costuras? El técnico que hizo mi autopsia tenía prisa y cosió mi cuerpo como si fuera un costal de lona. La humillación que sufrí no ha opacado mi deseo de seguir con vida, pero me ha dejado terriblemente solo. No hay ni una sola mujer que se sobreponga al miedo, como si mis cicatrices fueran más importantes que todo lo que hemos vivido juntos. ¿No te basta con el amor? ¿No crees que el amor es todo lo que necesitamos para sobrevivir?".
Y vaya que lo es. Siete años después el amor me sostiene en pie, me nutre. El amor y el cuerpo de Martina dentro de mí, a salvo, dulce composta, preparando el nido de mi pecho para la próxima vez que encuentre a la mujer perfecta. Con el amor que sienta yo será suficiente para ambos, ella sólo tendrá que poner su corazón.