Me quedo

Me quedo con el gris de tu mirada aciaga, lenta y fría, como cuando amanece después de llover toda la noche.

Me quedo con tus manos, fuertes y delicadas al mismo tiempo, manos hechas para arrullar y acariciar, pero también para exterminar (la muerte es un asunto delicado que merece pericia).

Me quedo con tu lengua, húmeda y palpitante, encantadora de versos y malicia, sedienta, sin sosiego.

Me quedo con el postre que fueron tus besos, con el recuerdo de tu risa en la esquina más empolvada de mi casa. Me quedo con un mechón de tu cabello para usarlo de separador; a ver si así por fin termino esa novela de Vila-Matas.



Me quedo con el gris de tu mirada. El resto de tu cuerpo, que ya también es gris, se lo dejo a la raíz del framboyán que floreció a mediados de marzo. Él también tiene derecho a su postre, cómo no.


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