The house cat knows when it's time

Hace unos meses tuve una experiencia muy curiosa.
L y yo nos comimos un cuadrito cada quien, y como siempre al principio hablamos mucho de muchas cosas, porque así es eso, te quita el miedo a expresar lo que sientes. Estábamos en la cama y empezó a darme sueño, cosa rara ya que casi siempre el cuadrito me da energía y el bajón viene 6 o 7 horas después. Me acosté boca abajo y Evo se subió en mi espalda; cerré los ojos y me concentré en sentir su pequeño cuerpo sobre mí. 
Poco a poco dejé de escuchar lo que Luis decía hasta que me rodeó el silencio. Lo único que sentía era el calor del cuerpo de Evo, su pequeño corazón latiendo y emanando energía de su centro hacia mí. Me di cuenta de que no estaba respirando, no sentía mi pecho subir y bajar como costumbre; intenté abrir los ojos pero solo vi oscuridad. Una parte de mí quería gritar y despertar, pero otra me pedía concentrarme en Evo, en lo que era su cuerpo y su vida y su amor hacia mí. Cerré los ojos y me concentré en él hasta que pude calmarme y abrir los ojos de nuevo. Esta vez pude verme desde arriba, acostada en medio de la oscuridad; estaba en posición casi fetal, y mi rostro se veía apacible, como nunca lo he visto a la luz. Mi ser, lo que sea que fuera, se acercó a mi cuerpo para descubrir que estaba muerta. Me "senté" junto al cuerpo por lo que fueron años, o apenas 30 segundos, y pude ver mi cuerpo pudrirse: la piel marmoleada, las puntas de los dedos de mis pies y manos negras, los labios morados, el cabello seco. Mi cuerpo se deshacía y yo lo veía sin asco, sin miedo, sin dolor. Porque sabía que eso era la muerte, un espacio en la nada en la que la carne se pudre y desaparece, y lo que somos ya no es. No hay más ideas, no hay más sentimientos, no hay nada más que materia convirtiéndose en otro tipo de materia, ajena por completo al fantasma que solía tripularle. 
Jamás había sentido tanta paz, y dudo mucho que mientras viva pueda sentirla de nuevo. Cuando pude superar la sorpresa de saber que mi cuerpo había dejado de respirar la aceptación del hecho de estar muerta, de que por fin lo que soy había dejado de existir, de que el resto del tiempo sólo habría oscuridad y podredumbre ajena a mi mente me alegró. Ni siquiera estoy segura de poder llamarlo alegría, ya que no había euforia; sólo aceptación y silencio. Paz.
No sé cuánto tiempo estuve así. Lo que me hizo regresar fue precisamente Evo, que no sé si se percató de que me había ido y no deseaba regresar que me trajo de vuelta, porque aún no le había dado de comer. Se movió poquito, mullendo con cuidado mi espalda (él siempre sabe hasta donde puede hacerlo sin lastimarme). Exhale profundo y abrí los ojos. L me miró sonriendo y me dijo te dormiste. "No, me morí" le dije mientras me estiraba y acariciaba a Evo. 

Desde entonces sé que no hay nada más que pueda hacerme feliz, nada como ese lugar, ese momento ajeno a mi cuerpo, a mi mente. Quiero volver ahí, sin miedo, acompañada de lo que más amo, aún sabiendo que jamás los volveré a ver. Quiero partir sabiendo que lo último que sentí fue su amor, su aceptación, su respeto por mi deseo de no ser más. Quiero vivir unos años más para asegurarme de que todo saldrá bien, para que cuando sea el momento de dejar que el corazón de Evo me guíe a lo más sereno no tenga que volver jamás.



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