3 p.m.

 Tengo calor. Son las tres de la tarde del día 124 de cuarentena, y esto no tiene para cuando terminar. El aire es húmedo, pero en lugar de refrescar sólo me llena de sudor. Estoy harta de estar pegajosa y de bañarme 3 veces al día.

Como mucha gente perdí mi empleo por el encierro; afortunadamente Dana, mi novia, aún conserva el suyo así que estamos cubiertas. Dana trabaja todo el día en la sala, en el escritorio improvisado que armamos con una mesa y una silla vieja. Se pasa casi todo el día tecleando en silencio, si acaso de repente suelta una risilla sarcástica o un resoplido; al principio solía preguntarle si todo estaba bien, hasta que Dana dejó de contestar. Cada vez contesta menos a mis preguntas o intentos por platicar; uno creería que pasar tanto tiempo juntas en este encierro nos daría tiempo para reconectar, pero no es así. Dana pasa casi todo el día ensimismada, a veces con audífonos, como si no me viera. Yo hago otras cosas durante el día y trato de no virar nuestra relación hacia la tensión y el reproche, pero cada vez me siento más lejos de ella. Y no sé cómo detenerlo.

Estoy empezando a sonar paranoica. La gente se sobrepone a esta situación extraordinaria de maneras distintas, cada quien hace lo que puede. Dana siempre ha sido una mujer serena, reservada, siempre de sí misma. Una mujer de silencios. Yo no soy una persona extrovertida, así que los silencios siempre han sido parte de esta casa; a veces no es necesario ni siquiera poner música para llenar el espacio entre las dos porque no lo vemos como distancia, sino libertad. Cada quien hace lo que quiere sin afectar a la otra, sabiendo que si estiramos la mano nos encontraremos con la otra incondicionalmente. El problema es que mi mano se ha quedado esperando en el vacío, sin respuesta. Quiero pensar que el no poder estar con su equipo de trabajo físicamente la absorbe; Dana siempre ha sido esa persona que cuando no ve resultados hace todo el trabajo del equipo, pero cuando debe presentarlos no se muerde la lengua para señalar a quien se ha convertido en una carga. Eso me consuela un poco, si ella no fuera feliz conmigo no tendría reparo en hacérmelo saber, así que su silencio lo atribuyo al hastío del encierro y al calor de las tardes. Debimos comprar un minisplit antes de quedarnos sin mi dinero.


Hablo como si fuese una esposa abnegada. Trato de darle su espacio, pero la verdad es que tampoco soy una presencia con la que sea fácil convivir. La falta de rutina me ha puesto los horarios de cabeza, ya casi no duermo de noche. Durante el día limpio, cocino, hago dos o tres cosas por mi lado sin molestar a Dana. Trato de dormir un poco, tres o cuatro horas durante la tarde, porque sé que en la noche existe la posibilidad de lograr dormir otras 4 horas de jalón, o de no dormir nada. Cuando no concilio el sueño me levanto a lavar los pocos platos que usamos, a regar las plantas, o a leer. Si quiero comer algo trato de no hacer ruido porque hace un par de meses asusté a Dana sin querer; esa noche estaba buscando cereal en la alacena (estaba segura de que aún teníamos Corn Pops en algún lado) y sin querer azoté la puerta al cerrarla. Dana entró corriendo a la cocina, con la escoba en la mano, diciendo "¿quién está ahí?". Me causó gracia verla tan alterada, con el pelo embarañado y los ojos muy rojos, como si hubiese estado llorando. Me le quedé viendo un par de minutos, pero ella no bajaba la guardia, así que me acerqué. "Dana soy yo, ¿ok? Se me cerró la puerta sin querer, no te quería asustar", dije mientras trataba de alisar su cabello con mi mano. Dana no dejaba de respirar entrecortadamente, así que hice por bajar la escoba de su posición en guardia, pero sólo logré que la arrebatara y se diera la vuelta como una fiera. "Dana, no te enojes, de verdad lo siento, no lo hice a propósito" dije mientras caminaba detrás de ella, pero ya había azotado la puerta del cuarto, así que no quise ir detrás y molestarla más. Me quedé en la cocina un rato, decidiendo si comer algo o intentar dormir. Apagué la luz y me senté en el sillón hasta que la luz empezó a clarear, y me fui a acostar.



Estoy harta del insomnio. Todos los días me pasa algo que no tiene sentido, antes solo era dejar una cosa en un lugar y encontrarla en otro, poner las macetas en un orden en la mañana y verlas en otro por la tarde. Le he preguntado a Dana si lo hace a propósito, pero para variar solo se encoje de hombros y suspira. Hoy ha sido el colmo, hice una lista con cosas que creí debíamos resurtir de la despensa y cuando fui a revisar la alacena para confirmar que no estaba dejando pasar nada me di cuenta que estaba llena. Juro que en la mañana estaba medio vacía pero hoy tenemos todo de nuevo, los dos atunes que nos comimos antier, la bolsa de arroz llena junto a la que le queda sólo un tercio, las 3 bolsas de gelatina sabor grosella que ya se había comido Dana dese hace una semana. Pero no hemos salido. Dana sigue sentada frente a la computadora con un plato al que sólo le queda una costra de yogur con granola al fondo, y con medio té frío. Sé que no ha salido porque no he escuchado la puerta al salir (tienes que tirar un poco porque el calor la hincha), y no he dormido hoy. Si no me equivoco, llevo 16 horas sin dormir.

"Dana, ¿a qué hora fuiste al súper? ¿No íbamos a ir juntas? Quería buscar un par de cosas especiales para hacer de cenar".

No obtengo respuesta, para variar.

"Dana, te estoy hablando. Pensé que íbamos a hacer esto juntas. Ya sé que no podemos entrar las dos pero al menos me hubieras dicho para encargarte lo que necesitaba. No tienes que hacerme plática si no quieres, pero las cosas de la casa se tienen que hacer entre dos, no vives sola".

A manera de respuesta, Dana se levantó y llevó sus platos a la cocina, pasando frente a mí como si no estuviera. Me saca cada vez más de quicio que haga esto, como si yo hubiese hecho algo malo. No sé si está enojada conmigo por perder mi trabajo, por no buscar otro, o por mis horarios sin sentido. No sé nada porque Dana no me habla y no me quiere ver. Cuando intenté tomar su brazo me sacó la vuelta y se fue de la casa.

Me quedé en el sillón llorando un rato, hasta que me quedé dormida; al despertar sólo quedaba un poco de luz solar. Estaba estirándome cuando vi una sombra parada en el pasillo. Pensé que era Dana, pero no parecía ella. La sombra no era tan alta y espigada como ella, ni tenía el pelo corto. Era una mujer. Me quedé helada, pensando que tal vez Dana habría traído alguna amiga para mediar entre las dos. "¿Hola?", le dije al pasillo, y la figura se movió hacia mí; no flotaba, caminaba pero se veía traslúcida, como si fuera un holograma menos definido, como si saliera de un proyector. La mujer caminó hacia la cocina, tomó un vaso y se sirvió agua, lo dejó en la mesa y regresó por el pasillo, y desapareció. No atravesó ninguna pared, todo lo hizo con la seguridad de quien hace algo común en su casa. Sólo que no había un cuerpo, era apenas como un recuerdo reproduciéndose en donde tantas veces hizo lo mismo a diario. Me levanté y prendí todas las luces, me asomé en los cuartos y en el baño. Nada, no había nadie más en la casa. Prendí el radio para sacudirme la impresión, pero no podía dejar de sentir que la realidad se había desenfocado frente a mí. No había ningún vaso en la mesa, pero el fregadero estaba mojado. 



Cuando Dana regresó le conté lo que pasó, pero no reaccionó. Me molesté muchísimo porque algo extraño había pasado en la casa y ella no me creía. Peor, ni siquiera parecía importarle.

"¿Te das cuenta de lo que está pasando? Esto nunca había sucedido, y ahora que estamos aquí todo el día es como si la casa se manifestara frente a nosotras, pero claro, a ti no te importa. Ojalá fuese una pantalla para que me dedicaras más de 2 minutos de tu tiempo".

Dana estaba sentada en el sillón viendo el celular. Me dolía el estómago de verla ahí, con todo el mundo menos conmigo que estaba a 3 metros de sus pies. Estaba francamente harta y en un arranque de frustración tomé una taza y la rompí. Ahí sí que volteó a mirarme.

"Qué, ¿eso es lo que te hace falta? ¿Que haga un escándalo? No sé cuál sea tu punto pero si no me quieres aquí dímelo. Si ya te hartaste de estar en la casa conmigo dímelo, o si quieres irte tú o si estoy haciendo algo mal, lo que sea pero me lo tienes que decir. Estoy harta, Dana, estoy enferma de que me ignores y que actúes como si todo lo que hago te molesta".

Dana suspiró y dijo, más para ella que para mí "calma, ella no quiere hacer esto. No sabe mejor". Se levantó del sillón y se encerró en el cuarto. Yo me quedé recogiendo los trozos de taza y dignidad que se me quedaron en el piso. Odiaba hacer esto, odiaba convertirme en todo aquello que prometí nunca ser. Pero sobre todo odiaba ver que Dana estaba cada vez más lejos de mí, y que no había vuelta atrás.


Le di un par de horas antes de intentar hacer algo, pero no salió de la habitación. Decidí entrar y hablar las cosas claramente, aunque dolieran, e intentar plantearnos qué pasaría con nosotras. Si las cosas ya no funcionaban podíamos intentar salvar lo que quedaba, si no tenía caso habría que planear cómo separarnos y cuándo. Lo importante era hablarlo en lugar de seguirnos callando y murmurando en los rincones. Dana estaba acostada, dando la espalda a mi lugar. Me acosté y la abracé por detrás, enterrando mi cara en su cabello; amo tanto su cabello, es lacio, tan lacio que si pasas los dedos es como acariciar agua, y siempre huele a flores. Besé su cuello unos segundos, buscando su cara, pero no tuve respuesta. No recuerdo cuando fue la última vez que hicimos el amor, o que me besó. Vaya, ni siquiera un abrazo me puede dar. La solté y me hice bolita en mi lugar, y lloré. Lloré primero en silencio, y después a sacudidas, dejando que mi cara se hiciera un charco de lágrimas y mocos. Lloré por todo lo que se me estaba yendo de las manos, por todas las cosas que nunca haríamos juntas de nuevo, por todas las veces que no volvería a detenerme a verla sólo para pensar en lo afortunada que soy de tenerla en mi vida. Lloré porque la amo y se me estaba yendo de las manos.

Dana por fin volteó a verme. Estiró su mano y acarició la almohada sobre la que tenía mi cabeza.

"Ya no podemos estar así, Lara. Créeme que estoy intentando aprender a vivir así pero no puedo. No me ayuda en nada que te pongas así, trato de vivir mi vida tan normal como me sea posible pero a diario pasa algo. Sé que no es tu culpa, tampoco sabes qué hacer, pero ya fue suficiente. Tienes que descansar".

"Ya no puedo más Dana, te juro que lo intento pero no puedo dormir. Cierro los ojos y lo único que escucho es ruido, mil voces y ruidos de la calle que me marean y no me dejan descansar. Trato de dormir pero ni siquiera me abrazas. A veces sólo necesito eso, pero no me quieres tocar. En verdad te necesito, ¿es tan difícil de entender?".

"Te amo Lara, te amo como la primera vez que salimos, como la primera vez que te besé y supe que jamás iba a besar a nadie como a ti. Te voy a amar toda la vida, pero tienes que dejarme ir. Tienes que aprender a soltarme porque si no ninguna va a ser feliz. Ninguna va a volver a ser la misma, eso es un hecho, pero tenemos que seguir adelante, ¿ok? Aunque no estés conmigo aquí vives. ¿Qué no te veo pasar a diario a tomar agua? ¿Qué no sigues moviendo los cojines del sillón tal y como te gustaba hacerlo? Cuando salgo a regar tus plantas aún te escucho cantar. Pase lo que pase yo te llevo aquí, en mi corazón. Aquí vives, aquí estás a salvo. Por favor, intenta descansar, yo siempre te voy a cuidar".

Las palabras de Dana se escuchan como si vinieran de otro cuarto. Aún siento la cara mojada pero mi cuerpo cada vez pesa menos. Su voz me da paz, como siempre, y me llena de calor y amor. Cierro los ojos y pongo mi mano sobre la suya. "Yo también te amo Dan, siempre", susurro con la última de mis fuerzas. Me está dando un sueño riquísimo, como hace meses no me da. Al menos por estar tarde creo que sí voy a descansar.





Querida Lara:

Son las tres de la tarde. Está haciendo mucho calor, tanto que el hielo de mi vaso ya se deshizo y dejó un charco de sudor sobre el escritorio. Sigo el charco con la punta de mi dedo y me lleva a ti, a nuestra foto. Fue de cuando cumplimos 3 años de vivir juntas, ¿recuerdas? Nos la tomaron en el café al que siempre íbamos en ocasiones especiales. Te ves radiante, y yo también. No sé si un día pueda volver a verme tan feliz como entonces, pero si no, siempre puedo volver a esta fotografía y sentir lo que siento por ti.

Ya han pasado dos semanas desde la última vez que hablé contigo, en nuestra cama. Pude sentir tu peso, tu mano sobre la mía. Pude sentir tu respiración volverse cada vez más leve, como la última vez que te abracé. No tuve miedo, porque sé lo difícil que es estar lejos de ti; si fuera tú, probablemente habría hecho lo mismo. Ya han pasado dos semanas y no he visto tu recuerdo pasear por la casa, ya no se prende la luz ni se abre la llave del fregadero. Quiero pensar que por fin puedes dormir, y eso me hace feliz. Quiere decir que por fin estás descansando.


Con amor, Dana.







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