De cómo en las historias trágicas siempre debe de llover

 Érase una vez un par de conejos. Eran como todos, peludos, blancos, nariz rosada y ojos rojos. Tan tiernos como casi cualquier conejo. Pero ambos tenían un problema: eran ciegos. Por diversas razones. Ella había sido víctima de la crueldad de seres humanos que no venían en ella más que un juguete, desechable. Él era víctima de un corto circuito genético. Y pues sí, tenían que aprender a vivir con ello, porque no había de otra. Un día, ambos conejos tuvieron la mala fortuna de ser abandonados por sus respectivos dueños, que por falta de escrúpulos, los dejaron en el mismo callejón sucio, en idénticas cajas de cartón que se humedecieron rápidamente. Porque como en toda historia trágica, ese día estaba lloviendo.


Cualquiera pensaría que estaban hechos el uno para el otro.


Y así parecía ser, porque cada uno salió de su caja y empezó a deambular por el callejón. Ambos sentían que su hora se acercaba, Ella más que él. Pero fue él quien sintió que no estaba solo, sintió que alguien más estaba en ese lugar. Venció su temor, y probó su suerte.


-¿Quién anda ahí? -se animó a preguntar.


Ella era más cautelosa, más pesimista, pero aún así contestó.


-Soy yo, nada más.


-Pero, ¿quién eres? -insistió él.


-Primero dilo tú.


-Yo, soy un conejo ciego. Nací así, y así crecí. ¿Y tú?


-Da la casualidad de que soy una coneja, y de que estoy ciega. Me hicieron así, porque las personas que me cuidaban estaban llenas de crueldad.


Él sintió pena por su nueva amiga. Pero también sintió alegría, porque tenía a alguien con quien compartir sus sentimientos.


-¿A ti también te abandonaron? -preguntó ella.


-Sí, pero no importa. Igual ya estoy viejo, no me falta mucho para morir.


-Es verdad... ¿Sabes algo? Siempre quise tener una familia, una familia de verdad -dijo ella, sintiendo como una lágrima pequeñita resbalaba por su mejilla peluda.


Él no dijo nada. Sólo pensaba en que él también había deseado tener una familia. En un susurro, le dijo a su invisible (para él) amiga: "Si quieres, podríamos intentarlo". Ella contestó: "Pero ambos estamos ciegos, nuestros hijos también tendrían ese triste destino". "Aún así, creo que deberíamos darnos la oportunidad de averiguarlo" sugirió él, regalándole una sonrisa que ella nunca vio.


Y no simplemente porque no pudiese ver, sino porque al día siguiente murió. Tal vez ella primero porque tenía ganas de morir. La cosa fue que sí, ambos aceptaron tener una familia, pero nunca se encontraron. Para ellos, el callejón era parecido a un mundo, y un mundo a oscuras, como si no pudiera ser peor. Se gritaron, se dieron señas, pero no pudieron acercarse. Ella se rindió fácilmente porque pensó que esa era la culminación de su destino. Él era más positivo, así que a pesar de no escuchar su voz trató de encontrarla. Varias veces pasó junto a su cadáver, pero ni así la pudo encontrar. Y al cabo de tres días, él también murió.


Curiosamente ese día dejó de llover.




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