Cosas de las que nunca termino de sorprenderme: como la depresión sale de abajo y te engulle sin que te des cuenta. Como si caminaras por una calle oscura y no te dieras cuenta que una de las coladeras no tiene tapa, y te hundes. Los aniversarios siempre son difíciles, los de las pérdidas más. A diario piensas en los que ya no están contigo, pero cuando recuerdas exactamente el préambulo al día en que se fueron, la realidad se vuelve muy confusa. Te llenas de pensamientos del tipo: "hoy hace un año estaba llevando a Tuti a la revisión de sus puntos, y fue la última vez que pude cargarla", "hoy hace un año estaba muy estresada porque teníamos que conseguir el dinero para la medicina de sus riñones". Y así, cada día se convierte en la pared que proyecta todos esos sentimientos que se fueron acumulando hasta que me dieron la noticia: "Tuti no alcanzó a responder bien al tratamiento y murió". Así, a media tarde, regresando de comer. Recuerdo sentarme en mi computadora dispuesta a seguir trabajando, hasta que se me acercaron a preguntarme algo y en lugar de poder contestar me solté a llorar. Estuvimos tan cerca de lograrlo, y al mismo tiempo yo sabía que ella era muy chiquita y enfermiza, y solamente lo que la gente con más esperanza en la vida llama milagro podría habernos ayudado a conservarla con nosotros. Todo el amor que nos dio e intentamos regresarle no pudo protegerla.
Es bien curioso cómo funciona la muerte. Es algo tan definitivo que no encuentro la manera de rasparle las orillas para que no se convierta en algo que corte. Cuando se murió mi papá, al que tenía ya cinco años sin ver, también me avisaron mientras estaba comiendo. Recuerdo que leí el mensaje y me detuve un momento, y continué comiendo. Pasaron como 30 segundos y algo me brincó en el cerebro y pensé: "a ver no, esto no es lo que haría una persona normal en estas circunstancias". Pero tampoco sabía que hacer. Así que le mandé un mensaje a L y le dije "Oye, se murió mi papá". Así, sin más preámbulos, ¿qué le puedes adornar a una noticia como esa? Después bajé a buscar a mi jefa para avisarle, como si ella pudiera hacer algo al respecto, y como no la encontré le pregunté a otra persona por ella; cuando me preguntaron qué había pasado les dije: "Es que se murió mi papá". Cuando lo dices en voz alta pega diferente, mientras esté en tus pensamientos es sólo un concepto, decirlo lo vuelve un hecho. Y ahí otra vez me puse a llorar, sabía que era la persona con la que menos relación tenía en esos momentos y aún así una voz muy chiquita dentro de mí se abrazaba a sí misma y se repetía "ya no tengo papá". De ahí todo es muy vago por unas horas, recuerdo que esa persona me sentó y le pidió a una amiga que le avisara a L para que fuera por mí, intenté escribirle a mis hermanas para saber qué pasó. Como todo en su vida, la información fue incompleta y la situación incómoda. Amablemente su familia tuvo el tacto de no meternos en los trámites, hasta donde sé, y dejarnos estar por nuestro lado en el velorio. Al entierro ya no quise ir.
Cuando lo de Evo también recuerdo haber estado hablando temprano de una cosa totalmente irrelevante con un amigo; dos horas después mi mensaje fue "hola, se murió Evo". Creo que cuando algo así sucede todo el tacto me abandona. Sólo quiero que alguien más escuche lo que está pasando, quizá con la esperanza de que me digan que no es cierto. Que seguramente es un error. Mi amigo me empezó a preguntar qué había pasado, que si necesitaba algo, y al final sólo pude decirle no sé. Es fecha que sigo sin saber qué quiero sacar de esa pérdida, o qué hacer con ella. Supongo que no se puede hacer nada, mas que sentirlo. Y es horrible porque la pérdida es vacío, y uno cree que el vacío está hecho para llenarse, y no es así. El hueco ahí se queda para siempre y de repente silva cuando el aire frío pasa a través de él, y no hay mucho más por hacer.
Total, que una pérdida siempre engloba a otra, como una cadenita. Cada una es muy diferente de la otra y sin embargo todas son huecos y preguntas sin respuesta.