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-¡Eh! ¿Y tu mamá? Yo estaba esperando el camión con el pequeño Flanders en brazos. Parece que el calor y algún otro secreto que no conozco son lo único que calma su llanto, miau miau miau. -¡Eh! ¡Te estoy hablando! ¿No está tu mamá? Una señora con acento más regio que las conchitas me está gritando desde su camioneta Land Rover color negro. Hay un niño no mayor de 10 años en el asiento del copiloto, y la parte trasera hay un cúmulo de objetos que van desde lo que parece un bulto de ropa a un microondas. -¿Perdón? -Estoy buscando a tu mamá, ¿no está? Para este punto ya me estoy esforzando por recordar el rostro de esta mujer gritona a la que no le importa estar bloqueando el tráfico. Pienso en las vecinas chancludas que iban por sus hijos en la primaria de Escobedo. -No señora, no la conozco. -¿Cómo no vas a conocer a tu mamá? Tiene que esta...

La promesa perdida de un sueño roto

En las calles de Monterrey pasea una mujer alta, rubia y muy delgada. Su piel rosada está cubierta de andrajos de un olor pútrido, producto de la falta de limpieza que caracteriza a los indigentes. La veía con regularidad al pasar del trabajo a mi casa, siempre en una esquina y mirando hacia al cielo, como preguntándose cómo fue que la vida la llevó a una situación tan denigrante. A mí me sorprendía la belleza que se escondía bajo las capas de mugre y miseria y la profundidad de sus ojos azules. Siempre que pasaba dejaba una moneda o un billete, a veces un dulce, pensando en mitigar un poco su soledad y su hambre. Ella nunca me miraba, ni a las personas que pasaban a su lado. Contrariamente a lo que pasa con los indigentes, ella era la que nos ignoraba en el tráfico grosero de este mundo.  Un día al salir a comer no pude soportar la curiosidad y me acerqué a ella. En una bolsa de plástico llevaba un refresco y un sándwich, esperando ganarme su confia...

So many miles and so long since I've met you.

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Y luego te da coraje porque quieres hacer todas esas cosas en un solo día y no te alcanza el tiempo, y te sientes enojada porque si tienes tanto, ¿a dónde se va cuándo lo necesitas? Pero la perspectiva de salir y sentir la tierra en tu rostro, ver las mismas calles sucias bajo el mismo cielo gris, hace que tengas que aguantar la respiración para que tu corazón no termine de romperse. Como si estuiveras enferma de algún cáncer terminal, pero tan profundo que los síntomas no alcanzan tu exterior. Te acostumbraste a morir lentamente y en silencio, porque de otra forma no habrías podido llegar hasta aquí. Pero lo has hecho. Estás entera y en dos pies, si bien es cierto que por dentro la vida que llevas te hace sentir como un dibujo viejo y deslavado, cuya intención original no se recuerda nunca más. Como cuando encuentras un periódico viejo en la basura, amarillento y quebradizo, y te das cuenta de que una vez que dio lo que tenía que dar, información en su caso, fue desechado y desterr...