Siento que me estoy volviendo loca. Tengo tanto sueño que no sé si estoy dormida o despierta, y desde la azotea la ciudad se funde a mis pies. No estoy desesperada, para nada; ni siquiera me siento inquieta. Y si supiera que bajo mis pies no solo hay concreto, sino 3 pisos llenos de gente, esto ya estaría ardiendo.

(Aquí un pequeño intermedio con un debraye sobre la muerte y la literatura.)

Un poquito de esto, un poquito de lo otro, ya sabes que a mí la muerte no me tiene paciencia, me seduce con sus besos y yo me hago del rogar, pero la verdad es que estoy enamorada del fracaso, aunque me sea infiel con la desdicha.

(De lo demás no creo que valga la pena hablar. A Dios sólo lo crucificaron, no creo que por eso sea más humano que yo.)

De veras que ya no sé si sigo pacheca, o realmente ya me volví loca.

La última es la buena.

(Como me hubiera gustado llamarme Daphne. Cambiaré Isabel y Aura por Daphne, para que mi hija tenga ese nombre tan bonito y viajado.)





Tan triste y violentamente calmado. Como la muerte, amor mío, como la muerte.

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