Me perdí, desde hace doscientos años camino por las calles de mi pueblo buscándote, arrastrando las pesadas cadenas que como condenas van exhibiendo mi pecado. Cada noche te llamo, pedazo de mi alma, para que vengas a sacarme de este encierro, alma errante buscando al hombre que la perdió.
Dios quiso que nos conociéramos para que me enseñaras a amar, aún cuando entre tus brazos conociera la perdición. Desde niña supe que estaríamos juntos, aún sin conocerte ya bailaba entre tus brazos, "esta muchacha acabará mal" decía mi nana, al verme girar por los pasillos de mi casa, danzando con tu amor invisible, soñando con tus besos imposibles. Te veía en el reflejo de mis ojos, apareciendo como sombrío conjuro que amenazaba las noches de mi sueño.
Un día llegaste a mi pueblo, acompañado de tus hombres, y tu mujer. Brutalmente te adueñaste de nuestras vidas, sin compasión laceraste a mi gente y sus tierras. Todo porque el amor que yo debí darte lo buscaste en otra mujer, suave y delicada como ángel; sí, ella era un ángel prostituido por la vida, te habías encargado de arrebatarle las alas.
Era una mujer con dueño, no obstante.
Un día, un hombre que resultó ser un mago llegó con nosotros, y me reveló el secreto de mi porvenir. Me dijo, "aún puedes salvarte, huye de aquí". No sólo no lo hice sino que le ayudé a regresarle lo que le habías robado. Una noche profunda cayó sobre mi pueblo, el sueño los invadió. Sólo yo pude ver el momento en que el mago y su ángel huyeron, decididos a encontrar su felicidad en otros mundo. Sólo yo pude verlo, consciente de la pesadilla que acababa de desatar.
Y aún puedo oler la pólvora y la sangre, aún veo a mi pueblo consternado por la muerte de mis hermanos. Mi tierra los abrazó con su seno ardiente, bebió su sangre y nos marchitó. Mis padres se murieron de tristeza, mi gente me repudió. Sólo porque yo escogí entrar al mundo de los solitarios y amarte, sí amarte aunque tú vivieras atormentado por el recuerdo de la otra, aquella mujer que te cegó a mi vida. ¿Recuerdas ese baile? "Una fiesta no se rompe". Esa frase quebró mi vida, al dejarme entrar en ti.
Y la primera noche en que entraste en mí, supe yo que era por despecho. Por orgullo, por que todos supieran que era la nueva querida, que se acostaba con el hombre que les rompió la vida y que mató a mis hermanos. Lo que más amaba lo perdí por ti. Ya sabía yo que así tenía que ser.
Y llegó el día en que el destino me puso a escoger: la salvación o tus brazos. No tuve mucho que pensar.
"¡Aunque Dios me condene, quiero verlo otra vez!"
Y el castigo de Dios cayó sobre mí, me convirtió en roca, me despojó de todo rostro y cuerpo que pudieran ser besados o tocados por tu maldita mano. Me dejó como recuerdo para las generaciones que venían tras de mí. No hay nada que el hombre ame más que a sus propios pecados.
Poco después, huíste, como aquella mañana en que me traicionaste y entregaste la vida de mi hermano. Nunca más verás mis ojos, mas los tendrás cargados en tu conciencia. Me dejaste marcada y te fuiste de mí.
Y aquí sigo, en este pueblo muerto, que se cae a pedazos en mi maldición. La gente me ve caminar, aún con mi vestido de seda rojo, buscando tu mano para volver a bailar. En la eternidad me cobijo buscando tus besos, entre los huesos de tu lápida me voy a buscar el calor que en vida nunca pudiste darme. Aquí seguiré con mi amor, por los siglos que falten, como recuerdo del que pudo ser nuestro porvenir.
Entre Isabel Moncada y yo creo que no hay mucha diferencia.
Dios quiso que nos conociéramos para que me enseñaras a amar, aún cuando entre tus brazos conociera la perdición. Desde niña supe que estaríamos juntos, aún sin conocerte ya bailaba entre tus brazos, "esta muchacha acabará mal" decía mi nana, al verme girar por los pasillos de mi casa, danzando con tu amor invisible, soñando con tus besos imposibles. Te veía en el reflejo de mis ojos, apareciendo como sombrío conjuro que amenazaba las noches de mi sueño.
Un día llegaste a mi pueblo, acompañado de tus hombres, y tu mujer. Brutalmente te adueñaste de nuestras vidas, sin compasión laceraste a mi gente y sus tierras. Todo porque el amor que yo debí darte lo buscaste en otra mujer, suave y delicada como ángel; sí, ella era un ángel prostituido por la vida, te habías encargado de arrebatarle las alas.
Era una mujer con dueño, no obstante.
Un día, un hombre que resultó ser un mago llegó con nosotros, y me reveló el secreto de mi porvenir. Me dijo, "aún puedes salvarte, huye de aquí". No sólo no lo hice sino que le ayudé a regresarle lo que le habías robado. Una noche profunda cayó sobre mi pueblo, el sueño los invadió. Sólo yo pude ver el momento en que el mago y su ángel huyeron, decididos a encontrar su felicidad en otros mundo. Sólo yo pude verlo, consciente de la pesadilla que acababa de desatar.
Y aún puedo oler la pólvora y la sangre, aún veo a mi pueblo consternado por la muerte de mis hermanos. Mi tierra los abrazó con su seno ardiente, bebió su sangre y nos marchitó. Mis padres se murieron de tristeza, mi gente me repudió. Sólo porque yo escogí entrar al mundo de los solitarios y amarte, sí amarte aunque tú vivieras atormentado por el recuerdo de la otra, aquella mujer que te cegó a mi vida. ¿Recuerdas ese baile? "Una fiesta no se rompe". Esa frase quebró mi vida, al dejarme entrar en ti.
Y la primera noche en que entraste en mí, supe yo que era por despecho. Por orgullo, por que todos supieran que era la nueva querida, que se acostaba con el hombre que les rompió la vida y que mató a mis hermanos. Lo que más amaba lo perdí por ti. Ya sabía yo que así tenía que ser.
Y llegó el día en que el destino me puso a escoger: la salvación o tus brazos. No tuve mucho que pensar.
"¡Aunque Dios me condene, quiero verlo otra vez!"
Y el castigo de Dios cayó sobre mí, me convirtió en roca, me despojó de todo rostro y cuerpo que pudieran ser besados o tocados por tu maldita mano. Me dejó como recuerdo para las generaciones que venían tras de mí. No hay nada que el hombre ame más que a sus propios pecados.
Poco después, huíste, como aquella mañana en que me traicionaste y entregaste la vida de mi hermano. Nunca más verás mis ojos, mas los tendrás cargados en tu conciencia. Me dejaste marcada y te fuiste de mí.
Y aquí sigo, en este pueblo muerto, que se cae a pedazos en mi maldición. La gente me ve caminar, aún con mi vestido de seda rojo, buscando tu mano para volver a bailar. En la eternidad me cobijo buscando tus besos, entre los huesos de tu lápida me voy a buscar el calor que en vida nunca pudiste darme. Aquí seguiré con mi amor, por los siglos que falten, como recuerdo del que pudo ser nuestro porvenir.