Cría recuerdos...

No te atengas a los recuerdos, porque son como los cuervos: si los crías y los conservas con cariño terminarán por sacarte los ojos. Y el corazón de pasada.

Este es el trabajo que me corresponde:caminar entre la gente como mudo observador. Entre ellos tomo el papel de reclusa del silencio, como una muerta indiferente a los groseros sentidos que todavía los poseen. Todo se resume en una gruesa lápida que poco a poco se va extendiendo sobre mi pecho, volviéndome más ingenua y un poco torpe. ¿Sabes? Esto no se trata de pensar, sino de fluir. Dejar todo esto convertirse en letras palpables, tangibles, que en un futuro no muy lejano se puedan destruir.

Esto es una calle con comercios, con gente que va pasando y pasando, un dos tres, un dos tres. El valse de la gente que en un mutismo se van dejando caer a pedazos sin darse cuenta. Ahí va un corazón destrozado, allá un hombre que perdió la razón por amor. Casi siempre son personas sin un destino definido. Me encanta estar aquí sentada, abusando de mi excesiva soledad para escaparme y comprar un poco de su tiempo. En cierto modo, esto carece de todo dramatismo. Una mujer sentada en una banca de metal esperando a que la lluvia se decida a caer y lave un poco los pecados de esta ciudad.

Que mundo tan tranquilo, después de todo.

¿Qué hacen en este momento los muertos, los sicarios, las madres que abandonan a sus hijos entre los basureros? ¿Tal vez pasean, como todos los demás? Sin pena, sin rabia, sin remordimiento. Tienen derecho, como todos. No son peores ni mejores que yo, contrario a lo que se cree. Todos tenemos nuestros propios demonios, devorándonos; sólo que algunos los dejan salir, en un intento desesperado de que así tal ez, sólo tal vez, un día lleguen a desaparecer.
No, no estoy emergiendo. Esto es básicamente lo de todos los días. Agotamiento. La necesidad de decirlo en voz alta pero como ya lo dije, la lápida se encarga de opacarlo todo. De esto se trata, de avanzar poco a poco hasta ese día en que, ya en esa otra ciudad tan añorada, pueda reconstruirme poco a poco. Saciar la sed de irreconocimiento, donde no exista nadie que de repente, de la nada, te reconozca y te venga a saludar. Un clima más benigno, porque no. Donde lo incomprensible sea lo cotidiano, lo desconocido como hogar. Sólo el silencio con su lengua marchita susurrándote al oído párrafos incomprensibles. Nunca tu nombre inscrito en el anverso. Nunca más.

Ahora la muerte ni siquiera es una opción. No, nadie está mejor muerto. Ésa es una idea romántica que gente como Gutiérrez Nájera nos han querido inculcar. Ya nadie se muere de amor en estos días; hay cosas mejores que hacer. ¿Para qué morirme si, por ejemplo, no he visto a Nine Inch Nails en vivo? O a Austin TV. Si no estoy segura de si tendré más sobrinos o en qué se convertirán los que ya tnego. Ahora el pragmatismo se ha apoderado de todo, lo cual tiene sus considerables ventajas. Es una manera de supervivencia.



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