Como un reloj de arena
que se sobresalta
con los espasmos del Universo.
Como una gota de rocío,
perdida en las profundidades
de un mar azul,
casi violeta.
Como tú, como yo.

Como las dobles hélices
de Crick y Watson,
que mientras se desdoblan
van revelando
el secreto de la existencia.
Como el silencio,
como el verde
de una montaña desolada,
como la nada.
Como todos.

Como el niño que ríe
envuelto en las sábanas
de su inocencia.
Como una madre dando a luz,
dividida entre el dolor
y la belleza.

Como el Ojo que todo lo ve,
que nos vigila,
que se cerciora de que los ritmos
del mundo entero
continúen en armonía perpetua.
Como las hadas que no existen
si no cuentas los cuentos,
como los ángeles oscuros
que en realidad son blancos
si lo crees con suficiente anhelo.

Como lo falso,
lo vivo,
lo malo.
Como si nunca
(jamás)
fuera suficiente.

Como el último beso
que se guarda con codicia.
Como el amor que quema,
muy adentro,
en lo profundo,
en lo negado.

Como todo lo escuchado
y lo que se está por decir.
Como los suspiros
en los que poco a poco
se va apagando la agonía.
Como la débil neblina
que se apodera de nuestros ojos
hasta cegarnos,
hasta dormirnos.

Como las pesadillas
de las cigarras.
Como el llanto
de las libélulas.
Como el azul perpetuo
de una pálida noche
sin estrellas.

Como la piel lustrosa
de una pantera bajo la lluvia.
Como su presa,
que ansiosa espera el momento
de la mordida final.
(Como decirte: "¡Mátame!",
muy quedito,
mientras me besas.
Y que tú no me escuches,
o no lo entiendas,
y lo sigas haciendo,
una y ora vez).

Como no poder dormir.
Como el agua mineral
que se escurre por los ojos,
tan cansada,
tan antigua.

En fin,
como la Muerte misma,
que no se toca,
que no se ve,
pero bien que se siente.

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