Partitura Para Mujer Muerta
Nada como aquello
de tomar tu cuerpo entre mis dedos
y girarlo.
Y apreciar con natural admiración
cada vértice de tu encendida anatomía,
cada vórtice.
Eres el agujero negro
de mi existencia ya casi apagada.
¡Absórbeme!
Devórame.
Adórame.
Y nada, como volver a registrar
en mis oídos
los más agudos sonidos del Universo
las notas más bajas del Silencio.
Tu voz.
Esa experiencia fantástica
que sólo puedo comparar
al terrible miedo de saberme
sola y tuya.
Sólo tuya.
Morir como mueren los arcos de los violines
entre las manos de sus amos
(esclavos y maestros),
ejecutando la más sublime sinfonía,
morir así...
Vivir por ti.
Átame con las cuerdas.
Córtame con el arco.
Dispara una flecha
y atraviésame.
Ámame.
Encontrarás las partituras recién escritas
bajo mis párpados cansados.
Me han costado muchas horas sin dormir,
dos silencios entre tus suspiros,
un sí
y un no.
("Tocaba como amateur,
pero era todo un profesional
si se hablaba del dolor").
Recuerda este pequeño ejercicio
escrito en sangre
cuando regreses de tus viajes de locura.
Cuando toques de nuevo la puerta
y encuentres a esta mujer tumbada
boca arriba, mirando el techo.
Sabes bien que nunca fui poeta.
Pero la música...
La música lo es todo.
Redime a los pecadores.
Reanima los pulsos detenidos.
Regresa a los amantes perdidos.
Recoge los restos de ilusiones destrozadas
y los pone en su lugar.
Dame toda la agonía que contienes
bajo tus uñas cuando me arañas.
Conmuéveme con tus cuatro o cinco melodías
de siempre.
¿Te das cuenta?
No tenemos nada más en común.
Nada más que un piano, restos de sangre
y unas cuantas hojas
con la leyenda
"Partitura para mujer muerta".
de tomar tu cuerpo entre mis dedos
y girarlo.
Y apreciar con natural admiración
cada vértice de tu encendida anatomía,
cada vórtice.
Eres el agujero negro
de mi existencia ya casi apagada.
¡Absórbeme!
Devórame.
Adórame.
Y nada, como volver a registrar
en mis oídos
los más agudos sonidos del Universo
las notas más bajas del Silencio.
Tu voz.
Esa experiencia fantástica
que sólo puedo comparar
al terrible miedo de saberme
sola y tuya.
Sólo tuya.
Morir como mueren los arcos de los violines
entre las manos de sus amos
(esclavos y maestros),
ejecutando la más sublime sinfonía,
morir así...
Vivir por ti.
Átame con las cuerdas.
Córtame con el arco.
Dispara una flecha
y atraviésame.
Ámame.
Encontrarás las partituras recién escritas
bajo mis párpados cansados.
Me han costado muchas horas sin dormir,
dos silencios entre tus suspiros,
un sí
y un no.
("Tocaba como amateur,
pero era todo un profesional
si se hablaba del dolor").
Recuerda este pequeño ejercicio
escrito en sangre
cuando regreses de tus viajes de locura.
Cuando toques de nuevo la puerta
y encuentres a esta mujer tumbada
boca arriba, mirando el techo.
Sabes bien que nunca fui poeta.
Pero la música...
La música lo es todo.
Redime a los pecadores.
Reanima los pulsos detenidos.
Regresa a los amantes perdidos.
Recoge los restos de ilusiones destrozadas
y los pone en su lugar.
Dame toda la agonía que contienes
bajo tus uñas cuando me arañas.
Conmuéveme con tus cuatro o cinco melodías
de siempre.
¿Te das cuenta?
No tenemos nada más en común.
Nada más que un piano, restos de sangre
y unas cuantas hojas
con la leyenda
"Partitura para mujer muerta".
