Quedarse es morir.
Cuando lo ves desde Cortazar, el Cerro del Culiacán parece pequeño. O esa ha sido mi percepción desde que llegué de una tierra más al norte, donde las montañas nos encierran con su sombra protectora, donde el sol siempre sale y se va a dormir detrás de las piedras. Entonces, ver un "cerrito" al que los ancianos llaman Cuculhuacan Chicomostoc (en honor a los grandes viajeros de Aztlán) no me producía gran espasmo en el estómago. No me producía nada, en realidad.
Es tradición que cada 1° de mayo la gente de todos los rincones de Guanajuato, y más allá, llegue a la Cañada de Caracheo y suba, y suba, hasta llegar a la cima, y allí danzarle a sus santos y agradecerles lo que la gente con fe suele agradecer. Llegan exhaustos a la pequeña capilla, a unos cuantos metros de las antenas de transmisión, y luego bajan a pie, en camioneta o en cuatrimoto, dependiendo de la condición física o la edad, pues desde bebés que apenas abrazan el pecho de sus madres, hasta abuelos que no saben si será la última vez que absorban el frescor y el aroma de los bosques que apenas rodean la cima, llegan a adorar a sus ancestros, a sus vírgenes.
Luis acababa de empezar sus vacaciones, y quería hacerlo con el pie derecho: organizó una subida al famoso Culiacán. Yo acepté subir, pero con cierto resquemor; la verdad es que nunca he tenido buena condición física, mi punto álgido fue entre los 16 y los 18, y eso por las prácticas de tae kwan do en la prepa. Pero se suponía que lo haríamos con calma y que nos iba a acompañar uno de sus amigos y su novia, y al último momento se nos pegó su hermano Patricio. No debía preocuparme de nada.
El sábado en la noche nos fuimos a dormir temprano. Yo había preparado mi mochila con un cambio de playera y calcetas, algo de comida ligera, muchos líquidos, algunos medicamentos y vendas, y mis notas del curso de primeros auxilios que tomé hace algunos meses. Eso, y tantos programas de supervivencia que me gusta ver me hacían sentirme un poco más tranquila respecto a lo que debía esperar de nuestro ascenso. Luis esperaba que lo termináramos a más tardar en tres horas, y lo más temprano posible para que el sol no nos afectara; el sudor y la humedad que hay en el ambiente podría deshidratarnos más rápido de lo que pudiésemos pensar.
Aquí debo hacer un pequeño paréntesis. Como ya dije, casi todos en Cortazar han subido alguna vez en su vida el Culiacán. Aunque sea una. Y el papá de Luis no es la excepción. Es un señor de cuarenta y tantos años que trabaja como jefe de la unidad de Protección Civil municipal (de ahí lo de los cursos de primeros auxilios), que a pesar de haberse pasado toda su vida trabajando (y lo que falta), está lleno de vitalidad. Como decimos nosotros, “está loco”, pero con esa locura que hace que la vida tenga un sabor distinto, eso que hace que no te detengas ante nada para conseguir lo que deseas. Ése señor es un ejemplo de fortaleza y valor cómo no he conocido en otro lado. Y ése señor ha subido el cerro en una hora y media. ¡Una hora y media! ¿Dónde iba a quedar yo si no lo intentaba al menos? Y no es que me la pase tratando de demostrar mi valía ante los demás; es sólo que por las circunstancias que me tocaron, siento una responsabilidad muy grande por encajar. Por sentirme parte de la nueva familia que tengo aquí, y parte de esa responsabilidad es ganarme el respeto de él, que no me gusta llamarlo suegro, como a mí no me gusta que me digan señora.
El domingo nos levantamos a las seis de la mañana. Con mis ojos como de cachorro recién parido, me levanté a vestirme, a peinarme y a revisar si todo estaba en orden. Llegó el papá de Luis y su hermano para darnos un aventón a la Cañada; esperamos casi una hora al amigo y nunca apareció (luego nos enteramos que se había quedado dormido, y que le dio pena avisarnos cuando se despertó a medio día). Cuando llegamos al pie del cerro eran las 07:30 a.m. y no había sol. Estaba nublado y fresco.
La primera parte del recorrido es una especie de llano de pasto amarillo, con montículos de piedra repartidos de manera irregular. Me sorprendió encontrar bardas, pero Luis me explicó que muchas porciones del terreno le pertenecían a ciertas personas, y que las bardas eran para evitar que los animales “de dos y cuatro patas” se pasaran a los sembradíos. A medio camino me tuve que quitar la chamarra, y hacerme una especie de bastón con una rama de un árbol caído. Ahora que lo pienso, sin ese bastón probablemente no hubiera hecho ni la mitad del recorrido.
Una vez que terminamos el llano, cruzamos una cerca y el terreno pasó a llenarse piedras, al principio pequeñas y marcando el sendero, ya más arriba del tamaño de un niño de cinco años, por decir algo. La verdad es que para este punto yo ya estaba agitada y haciendo cuentas para hacerme a la idea de lo que me esperaba. Ya a esa altura se distinguía el pueblo con claridad, y la punta se había perdido entre la vegetación. Me hice al ánimo de que apenas estábamos empezando, y seguí caminando, siempre un poco más atrás que Luis y Patricio.
Ahora me arrepiento un poco, pero todo el camino me la pasé escuchando música. Sólo cuando nos deteníamos a descansar (no más de cinco minutos para no enfriarnos) me quitaba los audífonos y escuchaba el canto de los pájaros. Y nada más. Llega un momento en que el camino se vuelve estrecho y lleno de piedras de apariencia no muy segura, y las plantas comienzan a reclamar el terreno que antes era sólo para ellas. La verdad es que no distinguí ninguna especie en especial (no soy nada buena en eso), pero Patricio encontró tunas, y se comió una al estilo antiguo: a navajazos y con los dedos espinados. Yo empezaba a sentir mis tobillos algo lastimados por el terreno, y el pecho algo oprimido por la respiración agitada. La verdad es que durante todo el trayecto mi cansancio no fue por caminar, sino por respirar. Aparte de las tunas encontramos una araña plateada, un pájaro que le respondía a Luis y a sus silbidos, varias personas que subieron y bajaron antes que nosotros, un labrador negro muy hermoso que iba con su amo, y muchas, pero muchas botellas de plástico. La gente no sabe apreciar lo que tiene y llena de basura ese lugar tan bello, tan libre de humanidad. No sé quien dijo que la criatura más hermosa del planeta es el hombre por su inteligencia, pero seguramente nunca subió una montaña y descubrió que la misma brillaba por su ausencia, y que los senderos comenzaban a tapizarse de envolturas y botellas.
Justo antes de comenzar el bosque nos detuvimos a comer. Los poblados se veían minúsculos, y prácticamente veíamos las nubes pasar frente a nosotros. Jamás había estado en un lugar así, jamás había sentido tanta quietud y paz en mi ser. No había nadie en kilómetros, y si por mi fuera me hubiera quedado horas sentada, sólo por encontrar al sol en su cénit y decirle adiós, y esperar a la luna y bañarme en su luz. Pero teníamos que llegar, ya habían pasado casi cuatro horas, una más de lo previsto, y yo empezaba a sentirme físicamente mal. No quería estar tan cerca de la cima y dejarla ir, no quería regresar y decirles “No llegué” solamente porque mi mente se encargó de reforzar las barreras que mi cuerpo empezaba a levantar. Me hice al ánimo y seguimos adelante. No me esperaba un bosque como aquél.
A decir verdad nunca había estado en un bosque. Una vez en Xalapa subí a un parque situado en una montaña, pero no fue lo mismo. Este bosque estaba totalmente inclinado, el terreno al menos porque los árboles crecían rectos intentando alcanzar algo de luz. El camino estaba totalmente cubierto de hojas muertas que crujían con cada paso que dábamos, y debajo de ellas había sólo material blando, inicios de composta supongo. Las piedras que marcaban el sendero se perdían y llegó un momento en que tuvimos que mandar a Patricio a reconocer el sendero y ver cuánto faltaba por recorrer. Ya en ese momento me sentía totalmente exhausta, no sé si la altura me afectó pero apenas si podía respirar, y el pecho sentí calambres que me dificultaban aún más el andar. Jamás temí por mi vida, eso hubiera sido tonto, pero temí que tuvieran que dejarme para buscar ayuda, temí no llegar a la cima estando ya tan cerca. Hubo un momento en que dejé los audífonos de lado y me sumí en el silencio absoluto del bosque. No había más sonido que el de mi respiración agitada y Luis hablándome despacio y con cariño para darme ánimos. Sentí ganas de llorar por la impotencia y el miedo a la decepción, porque nadie más se sentiría mal por ello. Sólo me estaba avergonzando ante mí. Le pedí a Luis que no me dijera nada y lloré, no más de dos minutos, sólo con la intención de relajar la presión que tenía en el pecho. Lo conseguí. Y decidí que nadie me iba a sacar de ahí, nadie más que yo. Regresó Patricio, nos dijo que había dejado su mochila y su suéter en unos árboles para marcarnos el camino. Tanto Luis como él me ofrecieron varias veces sus manos, pero las rechacé. “Aunque llegue arrastrándome, pero nadie me va a ayudar a salir de aquí. Quedarse es morir.”, pensé. En ciertos momentos de la vida el orgullo es una bendición, y este fue uno de ellos.
En silencio y resoplando, seguí apoyándome de mi bastón y de los árboles, pisando con cuidado para no resbalar y evitando mirar a los demás. Esto ya no tenía nada que ver con lo que me esperaba en casa o lo que se encontraba arriba, se trataba de mí contra mi cuerpo, contra mis fuerzas y contra lo que había aprendido en la vida. Era yo demostrándome que no importa lo que diga, siempre puedo hacer más. Siempre hay fuerza más adentro, donde nunca miro, y es esa fuerza la que me ha sacado adelante en mis momentos más oscuros. Aún con riesgo de verme grosera, no les devolví la palabra a ninguno de los dos y seguí avanzando, con la única idea de que no faltaba mucho para terminar, y una vez arriba podía cansarme, podía enojarme, podía hacer lo que quisiera pero ahorita no. Ahorita sólo es el sendero y yo, no es mi persona contra la naturaleza, es mi persona contra mis ideas preconcebidas.
Finalmente se abrió un claro detrás de los árboles, y distinguí claramente las antenas que sólo había visto cintilar por las noches. No podía creer donde estaba. “Ya se acabó”, pensé, y crucé la reja que separaba el llano del resto del bosque. Arriba había una pequeña capilla y algunas mesas y asadores para la gente que gustaba ir a acampar. Algunas personas de hecho estaban comiendo. Di unos cuantos pasos y me senté en una banca. Algo me dijeron Luis y Patricio, pero con un gesto de la mano les dije que no quería hablar. Estaba tan cansada que no quería moverme para nada. Estuve así unos cinco minutos, luego me quité la chamarra y el suéter que llevaba, empapados de sudor los dos, y los puse a secar en un asador con restos de brasas. Cuando se secaron me los puse y me fui a sentar en unas rocas que hacían las veces de mirador y ahí sí que lloré. De gusto por haber llegado por mis propios medios, de coraje porque nadie me dijo que lo último era lo más difícil (como en todo en esta vida), de cansancio y sobre todo de asombro. No era la primera ni la última persona que había llegado hasta allá, había gente que lo hacía cada año, cada mes. Pero era mi logro de ese día, de ese momento, y tenía tantas ciudades a mis pies; inclusive alcancé a distinguir la laguna de Yuriria, que está bastante retirada de Cortazar. Nada era mío en ese instante, nada más que la visión de las nubes cubriendo el horizonte y mi corazón encontrando reposo.