3 p.m.
Tengo calor. Son las tres de la tarde del día 124 de cuarentena, y esto no tiene para cuando terminar. El aire es húmedo, pero en lugar de refrescar sólo me llena de sudor. Estoy harta de estar pegajosa y de bañarme 3 veces al día. Como mucha gente perdí mi empleo por el encierro; afortunadamente Dana, mi novia, aún conserva el suyo así que estamos cubiertas. Dana trabaja todo el día en la sala, en el escritorio improvisado que armamos con una mesa y una silla vieja. Se pasa casi todo el día tecleando en silencio, si acaso de repente suelta una risilla sarcástica o un resoplido; al principio solía preguntarle si todo estaba bien, hasta que Dana dejó de contestar. Cada vez contesta menos a mis preguntas o intentos por platicar; uno creería que pasar tanto tiempo juntas en este encierro nos daría tiempo para reconectar, pero no es así. Dana pasa casi todo el día ensimismada, a veces con audífonos, como si no me viera. Yo hago otras cosas durante el día y trato de no virar nuestra re...